Lo que queda diluido
Après moi, le déluge (Cunillé, 2008), ya nos pone sobre aviso con el mismo título acerca de qué ocurrirá en su historia narrativa. La frase, atribuida a Luis XV, está empapada de cinismo. En la obra, esta premisa se manifiesta en la pugna entre la individualidad subjetiva de un país colonizado y la indiferencia absoluta de toda una cultura occidental opresora, como bien indica Said en Orientalismo (2003):
“Oriente no es solo el vecino inmediato de Europa, es también la región en la que Europa ha creado sus colonias más grandes, ricas y antiguas, es la fuente de sus civilizaciones y sus lenguas, su contrincante cultural y una de sus imágenes más profundas y repetidas de lo Otro” (pp. 19-20).
Cunillé resume este conflicto de manera brillante en un diálogo de apenas tres personajes, pero interpretado por solo dos actores. Esta no-presencia del personaje del padre congolés no es sino una metáfora de la invisibilización a la que está sometida el África subsahariana. Al no darle ni un cuerpo físico ni una voz directa en el escenario, la autora denuncia cómo Occidente se sirve del “otro” sin permitirle si quiera ser un interlocutor válido. El “africano” se convierte en un personaje más en la obra, representado por el padre y el hijo (que tampoco aparece en escena). Es un vacío, una ausencia sobre la que hacer chistes o negocios, según lo que interese.
El inicio de la obra es esclarecedor en cuanto a este punto. El personaje del hombre de negocios relata a la intérprete una serie de chistes estereotipados sobre el Congo, reduciendo la realidad compleja y preocupante del neocolonialismo a un conjunto de clichés humillantes. Esto es, la degradación del sujeto subsahariano como un objeto de consumo cultural, despojado de su subjetividad.
Por otro lado, la falta de subjetivación también se extiende al personaje femenino de la intérprete. Ella habita un espacio liminal: es necesaria para la transacción, pero su identidad está desdibujada. El “Hombre” le exige que no mire a los ojos al cliente congolés, convirtiéndola en una herramienta mecánica de trabajo. La respuesta de ella (“no es la primera vez que me ocurre”) nos revela una violencia estructural normalizada.
La intérprete no solo es silenciada profesionalmente, sino que es sexualizada bajo la mirada masculina. Cuando el Hombre le pide que se suelte el pelo o se quite las gafas, no busca belleza, sino sumisión; busca que ella encaje en la imagen de “mujer bonita” (construcción de género) que él desea consumir. Como explica Judith Butler (2001) el Hombre ejerce un mecanismo de poder sobre la figura de la Intérprete:
“La «sujeción» es el proceso de devenir subordinado al poder, así como el proceso de devenir sujeto. Ya sea a través de la interpelación, en el sentido de Althusser, o a través de la productividad discursiva, en el sentido de Foucault, el sujeto se inicia mediante una sumisión primaria al poder” (p.12).
Por tanto, la obra de Cunillé, no es solo un diálogo sobre un negocio fallido, sino una autopsia del carácter colonial y sexista que define nuestra modernidad.
Bibliografía y referencias
Butler, J. [Judith]. (2001). Introducción. En J. Butler, Mecanismos psíquicos de poder (pp. 11-41). Cátedra.
Carbonell, N. [Neus]. (2020). Cultura y subjetividad [recurso digital de aprendizaje]. UOC.
Cunillé, L. [Lluisa]. (2008). Après moi, le déluge. Edicions 62.
Said, E. [Edward]. (2003). Introducción. En E. Said, Territorios superpuestos, historias entrecruzadas. Cultura e imperialismo (pp. 19-54). Anagrama.
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