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Cultura y subjetividad. Reto 2: subjeciones y subversiones. Lucía Castro Quince

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Subjeción y subversión en Après moi, le déluge En la obra Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé la acción se sitúa en un hotel en Kinshasa, donde el diálogo entre el HOMBRE y la INTÉRPRETE muestra las relaciones entre ideología y subjetividad. A través de una conversación banal, el texto muestra cómo el sujeto no es previo al discurso, sino que se constituye en él, y sugiere que las posibilidades de resistencia son muy limitadas. Desde el inicio, el…
Subjeción y subversión en Après moi, le déluge En la obra Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé la…

 

Subjeción y subversión en Après moi, le déluge

En la obra Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé la acción se sitúa en un hotel en Kinshasa, donde el diálogo entre el HOMBRE y la INTÉRPRETE muestra las relaciones entre ideología y subjetividad. A través de una conversación banal, el texto muestra cómo el sujeto no es previo al discurso, sino que se constituye en él, y sugiere que las posibilidades de resistencia son muy limitadas.

Desde el inicio, el lenguaje aparece como una forma de control, aunque es el HOMBRE quien lo ejerce de manera más evidente al intentar conducir la conversación hacia donde le conviene, alternando los chistes con preguntas que van llevando el diálogo hacia lo personal. Incluso lo más banal se usa para marcar los límites de lo que puede decirse y lo que no. Esto se ve cuando habla del coltán y lo que se fabrica con él. Su discurso parece objetivo, pero en realidad solo da importancia a los temas económicos y deja fuera a las personas y la violencia que hay detrás. Cuando señala que la INTÉRPRETE no sabe mentir y que eso “no es bueno para los negocios” (Cunillé 15), no describe una cualidad personal, sino que la evalúa según criterios mercantiles. Esta escena conecta con la idea de Louis Althusser, para quien la ideología “interpela a los individuos como sujetos” (59), produciendo formas de subjetividad dentro del orden social que las determina. El discurso del HOMBRE, en el marco de la conversación, no describe una realidad previa, sino que fija posiciones y delimita lo aceptable dentro del marco económico.

Sin embargo, esta sujeción no es absoluta. La INTÉRPRETE introduce desplazamientos en el diálogo, responde de manera ambigua y en algunos momentos pasa a formular las preguntas, llevando la conversación hacia un terreno más personal. Esto conecta con Judith Butler, quien entiende que el sujeto se constituye en una relación de dependencia con el poder, hasta el punto de que la sujeción es “el proceso de devenir subordinado al poder, así como el proceso de devenir sujeto” (12). La INTÉRPRETE está en una posición subordinada, pero no se limita a aceptarla e introduce tensiones en la relación de poder. Esto puede entenderse también en términos de hegemonía, en el sentido que recoge Neus Carbonell a partir de Antonio Gramsci, donde la dominación se sostiene más por el consenso que por la imposición directa.

La manera en que el HOMBRE entiende las relaciones se ve cuando afirma que “todo aquel con el que hago negocios acaba comiendo de mi mano” (Cunillé 38). Esta afirmación no solo expresa una actitud individual, sino una forma de subjetividad producida por el capitalismo global. Esto puede ponerse en relación con lo que señala Fredric Jameson, cuando afirma que el sujeto individualista ha “muerto” (170), en un contexto en el que la expansión del mercado alcanza todos los ámbitos de la vida social y las relaciones pasan a organizarse en términos de dominación e intercambio. Esto se ve también cuando el HOMBRE plantea que se pida dinero por el hijo desde el principio, convirtiéndolo en objeto de negociación. Todo esto va acompañado de una subjetividad inestable, como muestra su confesión “buscando otra vez mi alma […] pero no volví a encontrarla” (Cunillé 40), que deja ver una identidad fragmentada.

La obra muestra una dimensión poscolonial con expresiones como “en este país nunca se sabe dónde empieza y termina la selva” (Cunillé 31), presentando África como un espacio caótico e indeterminado. A esto se suma el chiste del robo del Rolex, que refuerza la idea de un entorno poco fiable, consolidando una imagen estereotipada del lugar. Esto se puede relacionar con Edward Said cuando afirma que Oriente, en este caso África, “[…] era casi una invención europea” (19), en el sentido de que estas representaciones no describen una realidad objetiva, sino que construyen una imagen simplificada del territorio desde una mirada externa. Según esto, el “Otro” se produce como un discurso que presenta estos territorios como atrasados o incomprensibles, legitimando así su explotación. La referencia a les affreux refuerza esta idea ya que alude a mercenarios extranjeros implicados en conflictos africanos, vinculando la violencia no solo a un contexto local, sino también a intereses económicos y políticos internacionales.

La obra de Cunillé permite ver con claridad cómo opera la noción de subalternidad que plantea Spivak en la figura del hijo. Nunca aparece directamente en escena, sino que existe únicamente a través del discurso de la INTÉRPRETE. Es presentado como alguien que “necesita a alguien a su lado que le diga lo que tiene que hacer” (Cunillé 30), lo que lo sitúa en una posición de dependencia. El hijo encaja con lo que plantea Spivak, quien afirma que el subalterno “no puede hablar” (328), no porque carezca de voz, sino porque no dispone de una posición desde la que su palabra pueda ser reconocida como propia dentro del discurso. El hijo, reducido a objeto de negociación, ofrecido para distintos trabajos y definido siempre a partir de lo que otros esperan de él, encarna esta imposibilidad de representación, ya que no se representa a sí mismo, sino que siempre es representado por otros.

La obra no ofrece una salida clara a estas dinámicas. En el tramo final el HOMBRE muestra cierta vacilación, pero no es una transformación real, sino más bien una fisura que no llega a romper la lógica que lo constituye. La expresión “después de mí el diluvio” resume una forma de pensar profundamente individualista que deja de lado cualquier responsabilidad colectiva, y el hecho de que la INTÉRPRETE dude sobre su origen refuerza que no se trata de una afirmación individual, sino de una lógica ideológica que se reproduce en distintos contextos.

Desde una perspectiva crítica, lo más inquietante de la obra es que no hay un lugar fuera del poder. La subversión no aparece como una ruptura real, sino como pequeños desplazamientos dentro del propio sistema. Así, Après moi, le déluge muestra que la subjetividad se produce en el interior de la ideología, y que las posibilidades de resistencia existen, pero siempre se dan dentro de las mismas estructuras que intentan cuestionar.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Althusser, Louis. Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Traducido por Alberto J. Pla, Ediciones Nueva Visión, 1974.
  • Butler, Judith. Mecanismos psíquicos del poder: Teorías sobre la sujeción. Ediciones Cátedra, 2001.
  • Carbonell i Camós, Neus. Cultura y subjetividad. Universitat Oberta de Catalunya.
  • Cunillé, Lluïsa. Après moi, le déluge. Traducción al español, cat, s. f. PDF.
  • Jameson, Fredric. “El posmodernismo y la sociedad de consumo.” El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, Ediciones Kairós, 2006, pp. 168–175.
  • Said, Edward W. Orientalismo. Debolsillo, 2003, pp. 19–54.
  • Spivak, Gayatri Chakravorty. “¿Puede hablar el subalterno?” Revista Colombiana de Antropología, vol. 39, 2003, pp. 297–364.

 

 

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Capitalismo de extracción: El cuerpo y la palabra como última frontera de la mercancía en Après moi, le déluge

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Capitalismo de extracción: El cuerpo y la palabra como última frontera de la mercancía en Après moi, le déluge

La obra Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé se erige como una de las piezas más perturbadoras y lúcidas del teatro contemporáneo, construyendo una arquitectura dramática donde la ideología no se presenta como un discurso externo, sino como una atmósfera que asfixia y consume la subjetividad de sus personajes. Al adentrarnos en esa habitación de hotel en Kinsasa (Congo), percibimos que la ideología neoliberal y la identidad están íntimamente ligadas. El personaje principal, Home, no es solo un empresario.…
La obra Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé se erige como una de las piezas más perturbadoras y…

La obra Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé se erige como una de las piezas más perturbadoras y lúcidas del teatro contemporáneo, construyendo una arquitectura dramática donde la ideología no se presenta como un discurso externo, sino como una atmósfera que asfixia y consume la subjetividad de sus personajes. Al adentrarnos en esa habitación de hotel en Kinsasa (Congo), percibimos que la ideología neoliberal y la identidad están íntimamente ligadas. El personaje principal, Home, no es solo un empresario. Es la encarnación de una lógica extractivista que ha colonizado incluso su sistema biológico. Su cuerpo, marcado por cicatrices de operaciones y una fatiga crónica, funciona como una metáfora de la propia tierra que intenta explotar. De este modo, su subjetividad se ha reducido a la mera función de un engranaje en el mercado global del coltán. Para él la realidad tan solamente cobra sentido a través de la transacción y el beneficio por lo que queda sujeto a un sistema que provoca que hasta su propia muerte sea proyectada como una última inversión o un cierre de balance. Esto evidencia cómo el capitalismo despoja al individuo de cualquier interioridad que no sea productiva.

Frente a él, la Intèrpret –o Intérprete- representa una subjetividad en constante tensión. Es una mediadora que habita las grietas del lenguaje y la cultura y cuya identidad está atravesada por la sujeción colonial y postcolonial manifestada en su piel curtida y sus gafas de sol. Elementos que actúan como una máscara de protección frente a una mirada utilitarista. La tensión entre sujeción y subversión se manifiesta con mayor fuerza en el uso del lenguaje y el relato ficticio; y por la estructura de la obra -basada en un diálogo que a menudo parece un monólogo desdoblado- que muestra cómo los personajes están sujetos a guiones preestablecidos por el poder. El chiste sobre los presidentes con el que abre la obra es una manifestación de una sujeción ideológica donde la jerarquía del poder mundial se acepta incluso en la forma del humor. Sin embargo, es precisamente en el terreno de la ficción donde la autora sitúa la subversión más profunda. La Intèrpret subvierte su posición de subordinada mediante la creación del relato sobre su supuesto hijo al inventar que desea ser futbolista o guardaespaldas. Ella no está mintiendo, sino que está ejecutando un acto de resistencia subjetiva. Utiliza el deseo y la proyección del futuro para atrapar emocionalmente al Home, al hombre. De este modo, le obliga a salir de su visión empresarial y a reconocer una humanidad que la lógica del mercado le prohíbe ver.

Precisamente, la forma en la que la mediadora marca una disidencia con la ideología predominante es a través del uso de la herramienta del colonizador -lo que podríamos determinar como la palabra y la representación- para crear un vínculo que trasciende lo capitalizante. Cuando los lazos van más allá de lo económico, la monopolización del ideal capitalista se pervierte dando pie a ápices de humanidad que, a mi juicio, generan el dualismo esencial para comenzar el rupturismo con el régimen ideológico establecido. Precisamente, la obra alcanza el clímax cuando se destapa que esa sujeción a la maternidad es también una forma de duelo congelado ante el hecho de que el hijo murió tiempo atrás. Es el discurso la única manera de mantenerlo vivo y de subvertir el olvido que un sistema invita a llevar a cabo a través del consumo. 

Precisamente, el título de la propia obra, Après moi, le déluge, resume a la perfección la sujeción al nihilismo. Tras la explotación individual sin importar el fin de lo colectivo, esta frase atribuida a Luis XV, refleja una indiferencia absoluta por el futuro y por los demás. No obstante, la obra sugiere que la insumisión de la obra reside en el acto mismo de permanecer en la habitación y negarse a un reduccionismo que tiende al utilitarismo. Permitir la emoción y lo humanizante hace, por tanto, a las personas. La subjetividad del Home se quiebra ante la vulnerabilidad de la mujer porque la realidad material de la muerte y el cansancio rompen su armadura ideológica. La sujeción, lo que les ata, aquí es político y existencial: los personajes están sujetos a un pasado que no pueden limpiar. Por tanto, esta subversión aparece como una resistencia mínima en la intimidad de un encuentro donde dos subjetividades rotas intentan reconocerse fuera de los márgenes de beneficio. Es por ello que Cunillé nos deja con la sensación de que la ideología es el aire que respiran, pero la subjetividad conserva la capacidad de inventar historias para soportar el vacío insoportable del capitalismo. Esta dialéctica entre la necesidad de pertenecer al sistema para sobrevivir y el deseo de un sentido humano queda suspendida en el aire espeso de Kinshasa, recordándonos que tras el diluvio solo queda la palabra compartida. 

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Lo que queda diluido

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Lo que queda diluido

Après moi, le déluge (Cunillé, 2008), ya nos pone sobre aviso con el mismo título acerca de qué ocurrirá en su historia narrativa. La frase, atribuida a Luis XV, está empapada de cinismo. En la obra, esta premisa se manifiesta en la pugna entre la individualidad subjetiva de un país colonizado y la indiferencia absoluta de toda una cultura occidental opresora, como bien indica Said en Orientalismo (2003): “Oriente no es solo el vecino inmediato de Europa, es también la…
Après moi, le déluge (Cunillé, 2008), ya nos pone sobre aviso con el mismo título acerca de qué ocurrirá…

Après moi, le déluge (Cunillé, 2008), ya nos pone sobre aviso con el mismo título acerca de qué ocurrirá en su historia narrativa. La frase, atribuida a Luis XV, está empapada de cinismo. En la obra, esta premisa se manifiesta en la pugna entre la individualidad subjetiva de un país colonizado y la indiferencia absoluta de toda una cultura occidental opresora, como bien indica Said en Orientalismo (2003):

“Oriente no es solo el vecino inmediato de Europa, es también la región en la que Europa ha creado sus colonias más grandes, ricas y antiguas, es la fuente de sus civilizaciones y sus lenguas, su contrincante cultural y una de sus imágenes más profundas y repetidas de lo Otro” (pp. 19-20).

Cunillé resume este conflicto de manera brillante en un diálogo de apenas tres personajes, pero interpretado por solo dos actores. Esta no-presencia del personaje del padre congolés no es sino una metáfora de la invisibilización a la que está sometida el África subsahariana. Al no darle ni un cuerpo físico ni una voz directa en el escenario, la autora denuncia cómo Occidente se sirve del “otro” sin permitirle si quiera ser un interlocutor válido. El “africano” se convierte en un personaje más en la obra, representado por el padre y el hijo (que tampoco aparece en escena). Es un vacío, una ausencia sobre la que hacer chistes o negocios, según lo que interese.

El inicio de la obra es esclarecedor en cuanto a este punto. El personaje del hombre de negocios relata a la intérprete una serie de chistes estereotipados sobre el Congo, reduciendo la realidad compleja y preocupante del neocolonialismo a un conjunto de clichés humillantes. Esto es, la degradación del sujeto subsahariano como un objeto de consumo cultural, despojado de su subjetividad.

Por otro lado, la falta de subjetivación también se extiende al personaje femenino de la intérprete. Ella habita un espacio liminal: es necesaria para la transacción, pero su identidad está desdibujada. El “Hombre” le exige que no mire a los ojos al cliente congolés, convirtiéndola en una herramienta mecánica de trabajo. La respuesta de ella (“no es la primera vez que me ocurre”) nos revela una violencia estructural normalizada.

La intérprete no solo es silenciada profesionalmente, sino que es sexualizada bajo la mirada masculina. Cuando el Hombre le pide que se suelte el pelo o se quite las gafas, no busca belleza, sino sumisión; busca que ella encaje en la imagen de “mujer bonita” (construcción de género) que él desea consumir. Como explica Judith Butler (2001) el Hombre ejerce un mecanismo de poder sobre la figura de la Intérprete:

“La «sujeción» es el proceso de devenir subordinado al poder, así como el proceso de devenir sujeto. Ya sea a través de la interpelación, en el sentido de Althusser, o a través de la productividad discursiva, en el sentido de Foucault, el sujeto se inicia mediante una sumisión primaria al poder” (p.12).

Por tanto, la obra de Cunillé, no es solo un diálogo sobre un negocio fallido, sino una autopsia del carácter colonial y sexista que define nuestra modernidad.

Bibliografía y referencias

Butler, J. [Judith]. (2001). Introducción. En J. Butler, Mecanismos psíquicos de poder (pp. 11-41). Cátedra.

Carbonell, N. [Neus]. (2020). Cultura y subjetividad [recurso digital de aprendizaje]. UOC.

Cunillé, L. [Lluisa]. (2008). Après moi, le déluge. Edicions 62.

Said, E. [Edward]. (2003). Introducción. En E. Said, Territorios superpuestos, historias entrecruzadas. Cultura e imperialismo (pp. 19-54). Anagrama.

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La silla vacía: ideología y los límites de la resistencia en Après moi, le déluge, de Lluïsa Cunillé

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La silla vacía: ideología y los límites de la resistencia en Après moi, le déluge, de Lluïsa Cunillé

Après moi, le déluge, la obra de teatro de Lluïsa Cunillé pone en escena tres figuras que encarnan posiciones de poder radicalmente distintas: un hombre de negocios, una traductora a la que le encanta el sol y un hombre lisiado que ocupa una silla vacía. A través de sus conversaciones aparentemente triviales, sus elipsis y sus silencios, la obra escenifica algo mucho más profundo: cómo la ideología es constitutiva de los sujetos, los pone en relación desde posiciones de desigualdad…
Après moi, le déluge, la obra de teatro de Lluïsa Cunillé pone en escena tres figuras que encarnan posiciones…

Après moi, le déluge, la obra de teatro de Lluïsa Cunillé pone en escena tres figuras que encarnan posiciones de poder radicalmente distintas: un hombre de negocios, una traductora a la que le encanta el sol y un hombre lisiado que ocupa una silla vacía. A través de sus conversaciones aparentemente triviales, sus elipsis y sus silencios, la obra escenifica algo mucho más profundo: cómo la ideología es constitutiva de los sujetos, los pone en relación desde posiciones de desigualdad y al mismo tiempo habilita las grietas por donde puede emerger la resistencia. En este sentido, la obra plantea una cuestión central: si el sujeto está constituido por la ideología, ¿hasta qué punto es posible una subversión que no reproduzca las mismas estructuras que intenta cuestionar?

En la obra de Cunillé, el hombre de negocios se presenta a sí mismo como simpático con sus chistes banales sobre un francés, un americano y un africano que siempre queda en posición inferior, sin concebirse a sí mismo como racista ni como cómplice de una dominación de clase, de raza y de género. Esa naturalización es precisamente el mecanismo que Louis Althusser describe cuando afirma que la ideología tiene la función de «constituir en sujetos a los individuos concretos» (Althusser, 2008, p. 139). El personaje habita su ideología como si fuera natural, relacionándose tanto con la traductora como con el hombre africano desde una posición de poder que hace posible la reproducción de las relaciones de producción. El propio título de la obra es descriptivo de su posición ideológica: después de mí el diluvio, mostrándose indiferente ante las consecuencias que sus propios actos tienen sobre la existencia de los demás, operando como la forma más perversa de la subjetividad que no se ve a sí misma como parte de un sistema.

La traductora ocupa en la obra una posición ambivalente. Por un lado, cuando no traduce, es tratada como un objeto de deseo desde una mirada heteropatriarcal de dominación por el hombre de negocios y ella, entra parcialmente en ese guión representando una posición de sumisión que le es impuesta por el sistema. Sin embargo, cuando traduce su función se transforma radicalmente convirtiéndose en el puente entre dos mundos que el sistema mantiene separados en una posición de desigualdad. Esta ambivalencia es precisamente lo que Judith Butler describe cuando afirma que el sujeto es «un lugar de ambivalencia, puesto que emerge simultáneamente como efecto de un poder anterior y condición de posibilidad de una forma de potencia radicalmente condicionada» (Butler, 2010, p. 25). La traductora es efecto del poder patriarcal que la objetualiza pero es también la condición de posibilidad de que la historia del hijo africano, que representa la vida de muchos africanos afectados por las consecuencias nefastas de los procesos extractivistas del capitalismo, llegue al hombre de negocios. Sin ella, la subversión aparece, aunque no llegue a transformar la estructura que la produce.

El hombre lisiado no tiene cuerpo en escena, es una silla vacía. Esa ausencia física no es un recurso estético inocente sino una declaración política: lo que el sistema borra, Cunillé lo convierte en presencia a través de la ausencia. Edward Said nos recuerda que el imperialismo y el colonialismo están «soportados por impresionantes formaciones ideológicas que incluyen la convicción de que ciertos territorios y pueblos necesitan y ruegan ser dominados» (Said, 1996, p. 44). El hombre de negocios encarna ese lenguaje sin percibirlo como tal; su posición sobre el Congo y sus recursos le resulta evidente, incuestionable. Y, sin embargo, es precisamente desde esa posición donde se produce una fisura: la historia del hijo, ficticia y real a la vez, individual y colectiva, irrumpe en el discurso dominante y obliga, aunque sea momentáneamente, a escuchar lo que habitualmente permanece fuera de campo para el poder dominante.

Cuando, tras el relato espeluznante sobre los horrores sufridos por el hijo, el hombre de negocios le pregunta al hombre lisiado: “¿Y le creyó?”, se pone de manifiesto una distancia afectiva que lo dice todo. Said apunta que entre imperialismo y resistencia existe “una obcecada confrontación y un cruce” en el que ambos discursos se entrelazan (Said, 1996, p. 73). Ese cruce es precisamente lo que se escenifica aquí: la irrupción de un relato que desestabiliza, aunque no logra transformar del todo el discurso hegemónico.

Porque la subversión tiene un límite. En cuanto la traducción termina, el hombre de negocios vuelve a mirar a la traductora como objeto de deseo. La empatía que ha mostrado no ha transformado su subjetividad; sólo la ha puesto en suspenso. Y la traductora, que ha sido el canal y el instrumento de esa posible resistencia, lo confirma con una frase devastadora: “Si tuviera que acordarme de todo al final me volvería loca”. El olvido no es un fallo, sino una condición de funcionamiento del sistema para que las condiciones de producción puedan seguir reproduciéndose.

Cunillé nos deja así ante una pregunta incómoda: ¿puede la subversión transformar realmente al sujeto constituido por la ideología, o esta tiene siempre la capacidad de absorberla y neutralizarla?

Bibliografía:

  • Althusser, L. (2008). Aparatos ideológicos del Estado. En La filosofía como arma de la revolución (pp. 102-151). Siglo XXI.
  • Butler, J. (2010). Mecanismos psíquicos del poder. Cátedra.
  • Cunillé, L. (2008). Après moi, le déluge. En Deu peces.
  • Said, E. (1996). Cultura e imperialismo. Anagrama.

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