La obra Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé se erige como una de las piezas más perturbadoras y lúcidas del teatro contemporáneo, construyendo una arquitectura dramática donde la ideología no se presenta como un discurso externo, sino como una atmósfera que asfixia y consume la subjetividad de sus personajes. Al adentrarnos en esa habitación de hotel en Kinsasa (Congo), percibimos que la ideología neoliberal y la identidad están íntimamente ligadas. El personaje principal, Home, no es solo un empresario. Es la encarnación de una lógica extractivista que ha colonizado incluso su sistema biológico. Su cuerpo, marcado por cicatrices de operaciones y una fatiga crónica, funciona como una metáfora de la propia tierra que intenta explotar. De este modo, su subjetividad se ha reducido a la mera función de un engranaje en el mercado global del coltán. Para él la realidad tan solamente cobra sentido a través de la transacción y el beneficio por lo que queda sujeto a un sistema que provoca que hasta su propia muerte sea proyectada como una última inversión o un cierre de balance. Esto evidencia cómo el capitalismo despoja al individuo de cualquier interioridad que no sea productiva.
Frente a él, la Intèrpret –o Intérprete- representa una subjetividad en constante tensión. Es una mediadora que habita las grietas del lenguaje y la cultura y cuya identidad está atravesada por la sujeción colonial y postcolonial manifestada en su piel curtida y sus gafas de sol. Elementos que actúan como una máscara de protección frente a una mirada utilitarista. La tensión entre sujeción y subversión se manifiesta con mayor fuerza en el uso del lenguaje y el relato ficticio; y por la estructura de la obra -basada en un diálogo que a menudo parece un monólogo desdoblado- que muestra cómo los personajes están sujetos a guiones preestablecidos por el poder. El chiste sobre los presidentes con el que abre la obra es una manifestación de una sujeción ideológica donde la jerarquía del poder mundial se acepta incluso en la forma del humor. Sin embargo, es precisamente en el terreno de la ficción donde la autora sitúa la subversión más profunda. La Intèrpret subvierte su posición de subordinada mediante la creación del relato sobre su supuesto hijo al inventar que desea ser futbolista o guardaespaldas. Ella no está mintiendo, sino que está ejecutando un acto de resistencia subjetiva. Utiliza el deseo y la proyección del futuro para atrapar emocionalmente al Home, al hombre. De este modo, le obliga a salir de su visión empresarial y a reconocer una humanidad que la lógica del mercado le prohíbe ver.
Precisamente, la forma en la que la mediadora marca una disidencia con la ideología predominante es a través del uso de la herramienta del colonizador -lo que podríamos determinar como la palabra y la representación- para crear un vínculo que trasciende lo capitalizante. Cuando los lazos van más allá de lo económico, la monopolización del ideal capitalista se pervierte dando pie a ápices de humanidad que, a mi juicio, generan el dualismo esencial para comenzar el rupturismo con el régimen ideológico establecido. Precisamente, la obra alcanza el clímax cuando se destapa que esa sujeción a la maternidad es también una forma de duelo congelado ante el hecho de que el hijo murió tiempo atrás. Es el discurso la única manera de mantenerlo vivo y de subvertir el olvido que un sistema invita a llevar a cabo a través del consumo.
Precisamente, el título de la propia obra, Après moi, le déluge, resume a la perfección la sujeción al nihilismo. Tras la explotación individual sin importar el fin de lo colectivo, esta frase atribuida a Luis XV, refleja una indiferencia absoluta por el futuro y por los demás. No obstante, la obra sugiere que la insumisión de la obra reside en el acto mismo de permanecer en la habitación y negarse a un reduccionismo que tiende al utilitarismo. Permitir la emoción y lo humanizante hace, por tanto, a las personas. La subjetividad del Home se quiebra ante la vulnerabilidad de la mujer porque la realidad material de la muerte y el cansancio rompen su armadura ideológica. La sujeción, lo que les ata, aquí es político y existencial: los personajes están sujetos a un pasado que no pueden limpiar. Por tanto, esta subversión aparece como una resistencia mínima en la intimidad de un encuentro donde dos subjetividades rotas intentan reconocerse fuera de los márgenes de beneficio. Es por ello que Cunillé nos deja con la sensación de que la ideología es el aire que respiran, pero la subjetividad conserva la capacidad de inventar historias para soportar el vacío insoportable del capitalismo. Esta dialéctica entre la necesidad de pertenecer al sistema para sobrevivir y el deseo de un sentido humano queda suspendida en el aire espeso de Kinshasa, recordándonos que tras el diluvio solo queda la palabra compartida.
Este es un espacio de trabajo personal de un/a estudiante de la Universitat Oberta de Catalunya. Cualquier contenido publicado en este espacio es responsabilidad de su autor/a.
Debatecontribution 0en Capitalismo de extracción: El cuerpo y la palabra como última frontera de la mercancía en Après moi, le déluge
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