Après moi, le déluge, la obra de teatro de Lluïsa Cunillé pone en escena tres figuras que encarnan posiciones de poder radicalmente distintas: un hombre de negocios, una traductora a la que le encanta el sol y un hombre lisiado que ocupa una silla vacía. A través de sus conversaciones aparentemente triviales, sus elipsis y sus silencios, la obra escenifica algo mucho más profundo: cómo la ideología es constitutiva de los sujetos, los pone en relación desde posiciones de desigualdad y al mismo tiempo habilita las grietas por donde puede emerger la resistencia. En este sentido, la obra plantea una cuestión central: si el sujeto está constituido por la ideología, ¿hasta qué punto es posible una subversión que no reproduzca las mismas estructuras que intenta cuestionar?
En la obra de Cunillé, el hombre de negocios se presenta a sí mismo como simpático con sus chistes banales sobre un francés, un americano y un africano que siempre queda en posición inferior, sin concebirse a sí mismo como racista ni como cómplice de una dominación de clase, de raza y de género. Esa naturalización es precisamente el mecanismo que Louis Althusser describe cuando afirma que la ideología tiene la función de «constituir en sujetos a los individuos concretos» (Althusser, 2008, p. 139). El personaje habita su ideología como si fuera natural, relacionándose tanto con la traductora como con el hombre africano desde una posición de poder que hace posible la reproducción de las relaciones de producción. El propio título de la obra es descriptivo de su posición ideológica: después de mí el diluvio, mostrándose indiferente ante las consecuencias que sus propios actos tienen sobre la existencia de los demás, operando como la forma más perversa de la subjetividad que no se ve a sí misma como parte de un sistema.
La traductora ocupa en la obra una posición ambivalente. Por un lado, cuando no traduce, es tratada como un objeto de deseo desde una mirada heteropatriarcal de dominación por el hombre de negocios y ella, entra parcialmente en ese guión representando una posición de sumisión que le es impuesta por el sistema. Sin embargo, cuando traduce su función se transforma radicalmente convirtiéndose en el puente entre dos mundos que el sistema mantiene separados en una posición de desigualdad. Esta ambivalencia es precisamente lo que Judith Butler describe cuando afirma que el sujeto es «un lugar de ambivalencia, puesto que emerge simultáneamente como efecto de un poder anterior y condición de posibilidad de una forma de potencia radicalmente condicionada» (Butler, 2010, p. 25). La traductora es efecto del poder patriarcal que la objetualiza pero es también la condición de posibilidad de que la historia del hijo africano, que representa la vida de muchos africanos afectados por las consecuencias nefastas de los procesos extractivistas del capitalismo, llegue al hombre de negocios. Sin ella, la subversión aparece, aunque no llegue a transformar la estructura que la produce.
El hombre lisiado no tiene cuerpo en escena, es una silla vacía. Esa ausencia física no es un recurso estético inocente sino una declaración política: lo que el sistema borra, Cunillé lo convierte en presencia a través de la ausencia. Edward Said nos recuerda que el imperialismo y el colonialismo están «soportados por impresionantes formaciones ideológicas que incluyen la convicción de que ciertos territorios y pueblos necesitan y ruegan ser dominados» (Said, 1996, p. 44). El hombre de negocios encarna ese lenguaje sin percibirlo como tal; su posición sobre el Congo y sus recursos le resulta evidente, incuestionable. Y, sin embargo, es precisamente desde esa posición donde se produce una fisura: la historia del hijo, ficticia y real a la vez, individual y colectiva, irrumpe en el discurso dominante y obliga, aunque sea momentáneamente, a escuchar lo que habitualmente permanece fuera de campo para el poder dominante.
Cuando, tras el relato espeluznante sobre los horrores sufridos por el hijo, el hombre de negocios le pregunta al hombre lisiado: “¿Y le creyó?”, se pone de manifiesto una distancia afectiva que lo dice todo. Said apunta que entre imperialismo y resistencia existe “una obcecada confrontación y un cruce” en el que ambos discursos se entrelazan (Said, 1996, p. 73). Ese cruce es precisamente lo que se escenifica aquí: la irrupción de un relato que desestabiliza, aunque no logra transformar del todo el discurso hegemónico.
Porque la subversión tiene un límite. En cuanto la traducción termina, el hombre de negocios vuelve a mirar a la traductora como objeto de deseo. La empatía que ha mostrado no ha transformado su subjetividad; sólo la ha puesto en suspenso. Y la traductora, que ha sido el canal y el instrumento de esa posible resistencia, lo confirma con una frase devastadora: “Si tuviera que acordarme de todo al final me volvería loca”. El olvido no es un fallo, sino una condición de funcionamiento del sistema para que las condiciones de producción puedan seguir reproduciéndose.
Cunillé nos deja así ante una pregunta incómoda: ¿puede la subversión transformar realmente al sujeto constituido por la ideología, o esta tiene siempre la capacidad de absorberla y neutralizarla?
Bibliografía:
- Althusser, L. (2008). Aparatos ideológicos del Estado. En La filosofía como arma de la revolución (pp. 102-151). Siglo XXI.
- Butler, J. (2010). Mecanismos psíquicos del poder. Cátedra.
- Cunillé, L. (2008). Après moi, le déluge. En Deu peces.
- Said, E. (1996). Cultura e imperialismo. Anagrama.
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