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Cultura y subjetividad. Reto 2: subjeciones y subversiones. Lucía Castro Quince

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Subjeción y subversión en Après moi, le déluge En la obra Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé la acción se sitúa en un hotel en Kinshasa, donde el diálogo entre el HOMBRE y la INTÉRPRETE muestra las relaciones entre ideología y subjetividad. A través de una conversación banal, el texto muestra cómo el sujeto no es previo al discurso, sino que se constituye en él, y sugiere que las posibilidades de resistencia son muy limitadas. Desde el inicio, el…
Subjeción y subversión en Après moi, le déluge En la obra Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé la…

 

Subjeción y subversión en Après moi, le déluge

En la obra Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé la acción se sitúa en un hotel en Kinshasa, donde el diálogo entre el HOMBRE y la INTÉRPRETE muestra las relaciones entre ideología y subjetividad. A través de una conversación banal, el texto muestra cómo el sujeto no es previo al discurso, sino que se constituye en él, y sugiere que las posibilidades de resistencia son muy limitadas.

Desde el inicio, el lenguaje aparece como una forma de control, aunque es el HOMBRE quien lo ejerce de manera más evidente al intentar conducir la conversación hacia donde le conviene, alternando los chistes con preguntas que van llevando el diálogo hacia lo personal. Incluso lo más banal se usa para marcar los límites de lo que puede decirse y lo que no. Esto se ve cuando habla del coltán y lo que se fabrica con él. Su discurso parece objetivo, pero en realidad solo da importancia a los temas económicos y deja fuera a las personas y la violencia que hay detrás. Cuando señala que la INTÉRPRETE no sabe mentir y que eso “no es bueno para los negocios” (Cunillé 15), no describe una cualidad personal, sino que la evalúa según criterios mercantiles. Esta escena conecta con la idea de Louis Althusser, para quien la ideología “interpela a los individuos como sujetos” (59), produciendo formas de subjetividad dentro del orden social que las determina. El discurso del HOMBRE, en el marco de la conversación, no describe una realidad previa, sino que fija posiciones y delimita lo aceptable dentro del marco económico.

Sin embargo, esta sujeción no es absoluta. La INTÉRPRETE introduce desplazamientos en el diálogo, responde de manera ambigua y en algunos momentos pasa a formular las preguntas, llevando la conversación hacia un terreno más personal. Esto conecta con Judith Butler, quien entiende que el sujeto se constituye en una relación de dependencia con el poder, hasta el punto de que la sujeción es “el proceso de devenir subordinado al poder, así como el proceso de devenir sujeto” (12). La INTÉRPRETE está en una posición subordinada, pero no se limita a aceptarla e introduce tensiones en la relación de poder. Esto puede entenderse también en términos de hegemonía, en el sentido que recoge Neus Carbonell a partir de Antonio Gramsci, donde la dominación se sostiene más por el consenso que por la imposición directa.

La manera en que el HOMBRE entiende las relaciones se ve cuando afirma que “todo aquel con el que hago negocios acaba comiendo de mi mano” (Cunillé 38). Esta afirmación no solo expresa una actitud individual, sino una forma de subjetividad producida por el capitalismo global. Esto puede ponerse en relación con lo que señala Fredric Jameson, cuando afirma que el sujeto individualista ha “muerto” (170), en un contexto en el que la expansión del mercado alcanza todos los ámbitos de la vida social y las relaciones pasan a organizarse en términos de dominación e intercambio. Esto se ve también cuando el HOMBRE plantea que se pida dinero por el hijo desde el principio, convirtiéndolo en objeto de negociación. Todo esto va acompañado de una subjetividad inestable, como muestra su confesión “buscando otra vez mi alma […] pero no volví a encontrarla” (Cunillé 40), que deja ver una identidad fragmentada.

La obra muestra una dimensión poscolonial con expresiones como “en este país nunca se sabe dónde empieza y termina la selva” (Cunillé 31), presentando África como un espacio caótico e indeterminado. A esto se suma el chiste del robo del Rolex, que refuerza la idea de un entorno poco fiable, consolidando una imagen estereotipada del lugar. Esto se puede relacionar con Edward Said cuando afirma que Oriente, en este caso África, “[…] era casi una invención europea” (19), en el sentido de que estas representaciones no describen una realidad objetiva, sino que construyen una imagen simplificada del territorio desde una mirada externa. Según esto, el “Otro” se produce como un discurso que presenta estos territorios como atrasados o incomprensibles, legitimando así su explotación. La referencia a les affreux refuerza esta idea ya que alude a mercenarios extranjeros implicados en conflictos africanos, vinculando la violencia no solo a un contexto local, sino también a intereses económicos y políticos internacionales.

La obra de Cunillé permite ver con claridad cómo opera la noción de subalternidad que plantea Spivak en la figura del hijo. Nunca aparece directamente en escena, sino que existe únicamente a través del discurso de la INTÉRPRETE. Es presentado como alguien que “necesita a alguien a su lado que le diga lo que tiene que hacer” (Cunillé 30), lo que lo sitúa en una posición de dependencia. El hijo encaja con lo que plantea Spivak, quien afirma que el subalterno “no puede hablar” (328), no porque carezca de voz, sino porque no dispone de una posición desde la que su palabra pueda ser reconocida como propia dentro del discurso. El hijo, reducido a objeto de negociación, ofrecido para distintos trabajos y definido siempre a partir de lo que otros esperan de él, encarna esta imposibilidad de representación, ya que no se representa a sí mismo, sino que siempre es representado por otros.

La obra no ofrece una salida clara a estas dinámicas. En el tramo final el HOMBRE muestra cierta vacilación, pero no es una transformación real, sino más bien una fisura que no llega a romper la lógica que lo constituye. La expresión “después de mí el diluvio” resume una forma de pensar profundamente individualista que deja de lado cualquier responsabilidad colectiva, y el hecho de que la INTÉRPRETE dude sobre su origen refuerza que no se trata de una afirmación individual, sino de una lógica ideológica que se reproduce en distintos contextos.

Desde una perspectiva crítica, lo más inquietante de la obra es que no hay un lugar fuera del poder. La subversión no aparece como una ruptura real, sino como pequeños desplazamientos dentro del propio sistema. Así, Après moi, le déluge muestra que la subjetividad se produce en el interior de la ideología, y que las posibilidades de resistencia existen, pero siempre se dan dentro de las mismas estructuras que intentan cuestionar.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Althusser, Louis. Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Traducido por Alberto J. Pla, Ediciones Nueva Visión, 1974.
  • Butler, Judith. Mecanismos psíquicos del poder: Teorías sobre la sujeción. Ediciones Cátedra, 2001.
  • Carbonell i Camós, Neus. Cultura y subjetividad. Universitat Oberta de Catalunya.
  • Cunillé, Lluïsa. Après moi, le déluge. Traducción al español, cat, s. f. PDF.
  • Jameson, Fredric. “El posmodernismo y la sociedad de consumo.” El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, Ediciones Kairós, 2006, pp. 168–175.
  • Said, Edward W. Orientalismo. Debolsillo, 2003, pp. 19–54.
  • Spivak, Gayatri Chakravorty. “¿Puede hablar el subalterno?” Revista Colombiana de Antropología, vol. 39, 2003, pp. 297–364.

 

 

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Capitalismo de extracción: El cuerpo y la palabra como última frontera de la mercancía en Après moi, le déluge

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Capitalismo de extracción: El cuerpo y la palabra como última frontera de la mercancía en Après moi, le déluge

La obra Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé se erige como una de las piezas más perturbadoras y lúcidas del teatro contemporáneo, construyendo una arquitectura dramática donde la ideología no se presenta como un discurso externo, sino como una atmósfera que asfixia y consume la subjetividad de sus personajes. Al adentrarnos en esa habitación de hotel en Kinsasa (Congo), percibimos que la ideología neoliberal y la identidad están íntimamente ligadas. El personaje principal, Home, no es solo un empresario.…
La obra Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé se erige como una de las piezas más perturbadoras y…

La obra Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé se erige como una de las piezas más perturbadoras y lúcidas del teatro contemporáneo, construyendo una arquitectura dramática donde la ideología no se presenta como un discurso externo, sino como una atmósfera que asfixia y consume la subjetividad de sus personajes. Al adentrarnos en esa habitación de hotel en Kinsasa (Congo), percibimos que la ideología neoliberal y la identidad están íntimamente ligadas. El personaje principal, Home, no es solo un empresario. Es la encarnación de una lógica extractivista que ha colonizado incluso su sistema biológico. Su cuerpo, marcado por cicatrices de operaciones y una fatiga crónica, funciona como una metáfora de la propia tierra que intenta explotar. De este modo, su subjetividad se ha reducido a la mera función de un engranaje en el mercado global del coltán. Para él la realidad tan solamente cobra sentido a través de la transacción y el beneficio por lo que queda sujeto a un sistema que provoca que hasta su propia muerte sea proyectada como una última inversión o un cierre de balance. Esto evidencia cómo el capitalismo despoja al individuo de cualquier interioridad que no sea productiva.

Frente a él, la Intèrpret –o Intérprete- representa una subjetividad en constante tensión. Es una mediadora que habita las grietas del lenguaje y la cultura y cuya identidad está atravesada por la sujeción colonial y postcolonial manifestada en su piel curtida y sus gafas de sol. Elementos que actúan como una máscara de protección frente a una mirada utilitarista. La tensión entre sujeción y subversión se manifiesta con mayor fuerza en el uso del lenguaje y el relato ficticio; y por la estructura de la obra -basada en un diálogo que a menudo parece un monólogo desdoblado- que muestra cómo los personajes están sujetos a guiones preestablecidos por el poder. El chiste sobre los presidentes con el que abre la obra es una manifestación de una sujeción ideológica donde la jerarquía del poder mundial se acepta incluso en la forma del humor. Sin embargo, es precisamente en el terreno de la ficción donde la autora sitúa la subversión más profunda. La Intèrpret subvierte su posición de subordinada mediante la creación del relato sobre su supuesto hijo al inventar que desea ser futbolista o guardaespaldas. Ella no está mintiendo, sino que está ejecutando un acto de resistencia subjetiva. Utiliza el deseo y la proyección del futuro para atrapar emocionalmente al Home, al hombre. De este modo, le obliga a salir de su visión empresarial y a reconocer una humanidad que la lógica del mercado le prohíbe ver.

Precisamente, la forma en la que la mediadora marca una disidencia con la ideología predominante es a través del uso de la herramienta del colonizador -lo que podríamos determinar como la palabra y la representación- para crear un vínculo que trasciende lo capitalizante. Cuando los lazos van más allá de lo económico, la monopolización del ideal capitalista se pervierte dando pie a ápices de humanidad que, a mi juicio, generan el dualismo esencial para comenzar el rupturismo con el régimen ideológico establecido. Precisamente, la obra alcanza el clímax cuando se destapa que esa sujeción a la maternidad es también una forma de duelo congelado ante el hecho de que el hijo murió tiempo atrás. Es el discurso la única manera de mantenerlo vivo y de subvertir el olvido que un sistema invita a llevar a cabo a través del consumo. 

Precisamente, el título de la propia obra, Après moi, le déluge, resume a la perfección la sujeción al nihilismo. Tras la explotación individual sin importar el fin de lo colectivo, esta frase atribuida a Luis XV, refleja una indiferencia absoluta por el futuro y por los demás. No obstante, la obra sugiere que la insumisión de la obra reside en el acto mismo de permanecer en la habitación y negarse a un reduccionismo que tiende al utilitarismo. Permitir la emoción y lo humanizante hace, por tanto, a las personas. La subjetividad del Home se quiebra ante la vulnerabilidad de la mujer porque la realidad material de la muerte y el cansancio rompen su armadura ideológica. La sujeción, lo que les ata, aquí es político y existencial: los personajes están sujetos a un pasado que no pueden limpiar. Por tanto, esta subversión aparece como una resistencia mínima en la intimidad de un encuentro donde dos subjetividades rotas intentan reconocerse fuera de los márgenes de beneficio. Es por ello que Cunillé nos deja con la sensación de que la ideología es el aire que respiran, pero la subjetividad conserva la capacidad de inventar historias para soportar el vacío insoportable del capitalismo. Esta dialéctica entre la necesidad de pertenecer al sistema para sobrevivir y el deseo de un sentido humano queda suspendida en el aire espeso de Kinshasa, recordándonos que tras el diluvio solo queda la palabra compartida. 

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Lo que queda diluido

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Lo que queda diluido

Après moi, le déluge (Cunillé, 2008), ya nos pone sobre aviso con el mismo título acerca de qué ocurrirá en su historia narrativa. La frase, atribuida a Luis XV, está empapada de cinismo. En la obra, esta premisa se manifiesta en la pugna entre la individualidad subjetiva de un país colonizado y la indiferencia absoluta de toda una cultura occidental opresora, como bien indica Said en Orientalismo (2003): “Oriente no es solo el vecino inmediato de Europa, es también la…
Après moi, le déluge (Cunillé, 2008), ya nos pone sobre aviso con el mismo título acerca de qué ocurrirá…

Après moi, le déluge (Cunillé, 2008), ya nos pone sobre aviso con el mismo título acerca de qué ocurrirá en su historia narrativa. La frase, atribuida a Luis XV, está empapada de cinismo. En la obra, esta premisa se manifiesta en la pugna entre la individualidad subjetiva de un país colonizado y la indiferencia absoluta de toda una cultura occidental opresora, como bien indica Said en Orientalismo (2003):

“Oriente no es solo el vecino inmediato de Europa, es también la región en la que Europa ha creado sus colonias más grandes, ricas y antiguas, es la fuente de sus civilizaciones y sus lenguas, su contrincante cultural y una de sus imágenes más profundas y repetidas de lo Otro” (pp. 19-20).

Cunillé resume este conflicto de manera brillante en un diálogo de apenas tres personajes, pero interpretado por solo dos actores. Esta no-presencia del personaje del padre congolés no es sino una metáfora de la invisibilización a la que está sometida el África subsahariana. Al no darle ni un cuerpo físico ni una voz directa en el escenario, la autora denuncia cómo Occidente se sirve del “otro” sin permitirle si quiera ser un interlocutor válido. El “africano” se convierte en un personaje más en la obra, representado por el padre y el hijo (que tampoco aparece en escena). Es un vacío, una ausencia sobre la que hacer chistes o negocios, según lo que interese.

El inicio de la obra es esclarecedor en cuanto a este punto. El personaje del hombre de negocios relata a la intérprete una serie de chistes estereotipados sobre el Congo, reduciendo la realidad compleja y preocupante del neocolonialismo a un conjunto de clichés humillantes. Esto es, la degradación del sujeto subsahariano como un objeto de consumo cultural, despojado de su subjetividad.

Por otro lado, la falta de subjetivación también se extiende al personaje femenino de la intérprete. Ella habita un espacio liminal: es necesaria para la transacción, pero su identidad está desdibujada. El “Hombre” le exige que no mire a los ojos al cliente congolés, convirtiéndola en una herramienta mecánica de trabajo. La respuesta de ella (“no es la primera vez que me ocurre”) nos revela una violencia estructural normalizada.

La intérprete no solo es silenciada profesionalmente, sino que es sexualizada bajo la mirada masculina. Cuando el Hombre le pide que se suelte el pelo o se quite las gafas, no busca belleza, sino sumisión; busca que ella encaje en la imagen de “mujer bonita” (construcción de género) que él desea consumir. Como explica Judith Butler (2001) el Hombre ejerce un mecanismo de poder sobre la figura de la Intérprete:

“La «sujeción» es el proceso de devenir subordinado al poder, así como el proceso de devenir sujeto. Ya sea a través de la interpelación, en el sentido de Althusser, o a través de la productividad discursiva, en el sentido de Foucault, el sujeto se inicia mediante una sumisión primaria al poder” (p.12).

Por tanto, la obra de Cunillé, no es solo un diálogo sobre un negocio fallido, sino una autopsia del carácter colonial y sexista que define nuestra modernidad.

Bibliografía y referencias

Butler, J. [Judith]. (2001). Introducción. En J. Butler, Mecanismos psíquicos de poder (pp. 11-41). Cátedra.

Carbonell, N. [Neus]. (2020). Cultura y subjetividad [recurso digital de aprendizaje]. UOC.

Cunillé, L. [Lluisa]. (2008). Après moi, le déluge. Edicions 62.

Said, E. [Edward]. (2003). Introducción. En E. Said, Territorios superpuestos, historias entrecruzadas. Cultura e imperialismo (pp. 19-54). Anagrama.

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La silla vacía: ideología y los límites de la resistencia en Après moi, le déluge, de Lluïsa Cunillé

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La silla vacía: ideología y los límites de la resistencia en Après moi, le déluge, de Lluïsa Cunillé

Après moi, le déluge, la obra de teatro de Lluïsa Cunillé pone en escena tres figuras que encarnan posiciones de poder radicalmente distintas: un hombre de negocios, una traductora a la que le encanta el sol y un hombre lisiado que ocupa una silla vacía. A través de sus conversaciones aparentemente triviales, sus elipsis y sus silencios, la obra escenifica algo mucho más profundo: cómo la ideología es constitutiva de los sujetos, los pone en relación desde posiciones de desigualdad…
Après moi, le déluge, la obra de teatro de Lluïsa Cunillé pone en escena tres figuras que encarnan posiciones…

Après moi, le déluge, la obra de teatro de Lluïsa Cunillé pone en escena tres figuras que encarnan posiciones de poder radicalmente distintas: un hombre de negocios, una traductora a la que le encanta el sol y un hombre lisiado que ocupa una silla vacía. A través de sus conversaciones aparentemente triviales, sus elipsis y sus silencios, la obra escenifica algo mucho más profundo: cómo la ideología es constitutiva de los sujetos, los pone en relación desde posiciones de desigualdad y al mismo tiempo habilita las grietas por donde puede emerger la resistencia. En este sentido, la obra plantea una cuestión central: si el sujeto está constituido por la ideología, ¿hasta qué punto es posible una subversión que no reproduzca las mismas estructuras que intenta cuestionar?

En la obra de Cunillé, el hombre de negocios se presenta a sí mismo como simpático con sus chistes banales sobre un francés, un americano y un africano que siempre queda en posición inferior, sin concebirse a sí mismo como racista ni como cómplice de una dominación de clase, de raza y de género. Esa naturalización es precisamente el mecanismo que Louis Althusser describe cuando afirma que la ideología tiene la función de «constituir en sujetos a los individuos concretos» (Althusser, 2008, p. 139). El personaje habita su ideología como si fuera natural, relacionándose tanto con la traductora como con el hombre africano desde una posición de poder que hace posible la reproducción de las relaciones de producción. El propio título de la obra es descriptivo de su posición ideológica: después de mí el diluvio, mostrándose indiferente ante las consecuencias que sus propios actos tienen sobre la existencia de los demás, operando como la forma más perversa de la subjetividad que no se ve a sí misma como parte de un sistema.

La traductora ocupa en la obra una posición ambivalente. Por un lado, cuando no traduce, es tratada como un objeto de deseo desde una mirada heteropatriarcal de dominación por el hombre de negocios y ella, entra parcialmente en ese guión representando una posición de sumisión que le es impuesta por el sistema. Sin embargo, cuando traduce su función se transforma radicalmente convirtiéndose en el puente entre dos mundos que el sistema mantiene separados en una posición de desigualdad. Esta ambivalencia es precisamente lo que Judith Butler describe cuando afirma que el sujeto es «un lugar de ambivalencia, puesto que emerge simultáneamente como efecto de un poder anterior y condición de posibilidad de una forma de potencia radicalmente condicionada» (Butler, 2010, p. 25). La traductora es efecto del poder patriarcal que la objetualiza pero es también la condición de posibilidad de que la historia del hijo africano, que representa la vida de muchos africanos afectados por las consecuencias nefastas de los procesos extractivistas del capitalismo, llegue al hombre de negocios. Sin ella, la subversión aparece, aunque no llegue a transformar la estructura que la produce.

El hombre lisiado no tiene cuerpo en escena, es una silla vacía. Esa ausencia física no es un recurso estético inocente sino una declaración política: lo que el sistema borra, Cunillé lo convierte en presencia a través de la ausencia. Edward Said nos recuerda que el imperialismo y el colonialismo están «soportados por impresionantes formaciones ideológicas que incluyen la convicción de que ciertos territorios y pueblos necesitan y ruegan ser dominados» (Said, 1996, p. 44). El hombre de negocios encarna ese lenguaje sin percibirlo como tal; su posición sobre el Congo y sus recursos le resulta evidente, incuestionable. Y, sin embargo, es precisamente desde esa posición donde se produce una fisura: la historia del hijo, ficticia y real a la vez, individual y colectiva, irrumpe en el discurso dominante y obliga, aunque sea momentáneamente, a escuchar lo que habitualmente permanece fuera de campo para el poder dominante.

Cuando, tras el relato espeluznante sobre los horrores sufridos por el hijo, el hombre de negocios le pregunta al hombre lisiado: “¿Y le creyó?”, se pone de manifiesto una distancia afectiva que lo dice todo. Said apunta que entre imperialismo y resistencia existe “una obcecada confrontación y un cruce” en el que ambos discursos se entrelazan (Said, 1996, p. 73). Ese cruce es precisamente lo que se escenifica aquí: la irrupción de un relato que desestabiliza, aunque no logra transformar del todo el discurso hegemónico.

Porque la subversión tiene un límite. En cuanto la traducción termina, el hombre de negocios vuelve a mirar a la traductora como objeto de deseo. La empatía que ha mostrado no ha transformado su subjetividad; sólo la ha puesto en suspenso. Y la traductora, que ha sido el canal y el instrumento de esa posible resistencia, lo confirma con una frase devastadora: “Si tuviera que acordarme de todo al final me volvería loca”. El olvido no es un fallo, sino una condición de funcionamiento del sistema para que las condiciones de producción puedan seguir reproduciéndose.

Cunillé nos deja así ante una pregunta incómoda: ¿puede la subversión transformar realmente al sujeto constituido por la ideología, o esta tiene siempre la capacidad de absorberla y neutralizarla?

Bibliografía:

  • Althusser, L. (2008). Aparatos ideológicos del Estado. En La filosofía como arma de la revolución (pp. 102-151). Siglo XXI.
  • Butler, J. (2010). Mecanismos psíquicos del poder. Cátedra.
  • Cunillé, L. (2008). Après moi, le déluge. En Deu peces.
  • Said, E. (1996). Cultura e imperialismo. Anagrama.

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La voz bajo condición: ideología, mediación y constitución del sujeto en Après moi, le déluge

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La voz bajo condición: ideología, mediación y constitución del sujeto en Après moi, le déluge

En Après moi, le déluge, de Lluïsa Cunillé, hablar nunca es solo hablar. Cada palabra llega marcada por una posición previa, por una relación de fuerza, por una distancia que impide pensar el lenguaje como un espacio limpio. La obra no sitúa el conflicto únicamente en lo que se dice, sino en algo más incómodo: quién puede decir, desde dónde y en qué condiciones esa palabra merece ser reconocida. Ahí, en esa zona de fricción, ideología y subjetividad dejan de…
En Après moi, le déluge, de Lluïsa Cunillé, hablar nunca es solo hablar. Cada palabra llega marcada por una…

En Après moi, le déluge, de Lluïsa Cunillé, hablar nunca es solo hablar. Cada palabra llega marcada por una posición previa, por una relación de fuerza, por una distancia que impide pensar el lenguaje como un espacio limpio. La obra no sitúa el conflicto únicamente en lo que se dice, sino en algo más incómodo: quién puede decir, desde dónde y en qué condiciones esa palabra merece ser reconocida. Ahí, en esa zona de fricción, ideología y subjetividad dejan de ser conceptos abstractos para convertirse en materia escénica.

La subjetividad no aparece como una interioridad anterior al discurso, sino como el efecto de ocupar un lugar dentro de un orden que ya estaba ahí. En términos de Althusser, el sujeto se constituye al ser interpelado por la ideología, al reconocerse en una posición que le preexiste (Althusser, 1970). Esta lógica se percibe con claridad en el hombre de negocios: su discurso técnico, eficaz y aparentemente neutro no expresa tanto una identidad como una función. Su autoridad no necesita imponerse porque ya está inscrita en la forma misma de su enunciación. Habla desde un lugar que organiza la interacción y delimita lo decible sin presentarse como una posición particular. Es la hegemonía funcionando en voz baja: aquello que parece natural precisamente porque ha conseguido borrar sus condiciones de producción (Gramsci, 1971).

Frente a esa estabilidad, la obra introduce una grieta decisiva: la mediación. El Padre congolés no habla directamente, sino a través de la Intérprete. Este desplazamiento no es un recurso formal menor, sino el centro mismo del problema. La voz existe, pero no se sostiene sola; necesita pasar por otro cuerpo, otra lengua, otra voluntad. Entre la experiencia y su formulación se abre una distancia que no puede cerrarse del todo.

Aquí la reflexión de Spivak resulta especialmente pertinente: no basta con que el subalterno hable; es necesario que su palabra sea reconocida como enunciación legítima (Spivak, 1988). En la obra, esa legitimidad queda suspendida. El Padre no está completamente silenciado, pero su palabra tampoco aparece como plenamente autónoma. Circula, sí, pero atravesada por un filtro que la vuelve inteligible al mismo tiempo que la transforma. Su voz llega, pero no llega intacta.

La Intérprete encarna esa ambigüedad. Traducir no es reproducir; es intervenir. Implica seleccionar, ordenar, modular, decidir qué parte del discurso se mantiene y cuál se pierde. Lo que parece un puente también es una frontera. Por eso el lenguaje, en la obra, no refleja simplemente la realidad: la organiza, la distribuye, la jerarquiza.

Desde Butler, esta dinámica puede leerse en términos de performatividad: el sujeto no precede al lenguaje, sino que se produce en la reiteración de normas que lo hacen reconocible (Butler, 1997). Sin embargo, en Après moi, le déluge, esa reiteración no estabiliza del todo. Los discursos funcionan, pero dejan ver sus costuras. Las posiciones parecen claras, pero se desgastan en el intercambio, en los silencios, en las zonas donde la comunicación falla o se vuelve insuficiente.

Es ahí donde se articula la tensión entre sujeción y subversión. La sujeción se manifiesta en la imposibilidad de hablar fuera del marco que organiza la escena: no hay un afuera puro desde el que tomar la palabra. Pero la obra tampoco clausura completamente el sentido. Las interrupciones, las fricciones y la opacidad de la traducción introducen una resistencia mínima, no espectacular, pero decisiva. La subversión no aparece como ruptura frontal, sino como desajuste: algo que impide que el discurso cierre perfectamente sobre sí mismo.

El espacio escénico refuerza esta lectura. El hotel africano no funciona como decorado, sino como lugar atravesado por relaciones económicas, históricas y simbólicas. África aparece como un espacio ya leído desde fuera, inscrito en una red de significados que lo sitúan como “otro”. En este punto, Said permite afinar la interpretación: el “otro” no solo es representado, sino producido dentro de un discurso que define su lugar, su diferencia y su subordinación (Said, 1978).

En conjunto, Après moi, le déluge muestra que la subjetividad no puede pensarse al margen de las condiciones ideológicas que la producen, pero tampoco como un efecto totalmente cerrado. El sujeto aparece como una posición inestable: constituida por relaciones de poder, pero nunca fijada del todo por ellas.

La obra no resuelve esa tensión, y ahí está precisamente su fuerza. No ofrece una salida limpia ni una voz finalmente liberada. Lo que deja es algo más incómodo y fértil: la distancia entre hablar y ser reconocido como sujeto. Y en esa distancia —no en la palabra pura, sino en sus condiciones de posibilidad— se revela tanto la eficacia de la ideología como el punto exacto en el que empieza a resquebrajarse.

Bibliografía 

  • Althusser, L. (2005). Ideología y aparatos ideológicos del Estado. Siglo XXI. (Obra original publicada en 1970)
  • Butler, J. (2001). Mecanismos psíquicos del poder: Teorías sobre la sujeción. Cátedra. (Obra original publicada en 1997)
  • Gramsci, A. (2011). Cuadernos de la cárcel (Vols. 1–6). Akal. (Obra original publicada entre 1929–1935)
  • Said, E. W. (2003). Orientalismo. Debolsillo. (Obra original publicada en 1978)
  • Spivak, G. C. (2003). ¿Puede hablar el subalterno? Revista Colombiana de Antropología, 39, 297–364.
  • Cunillé, L. (2012). Après moi, le déluge. Arola Editors.

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La relación entre ideología y subjetividad en la obra “Après moi, le déluge” de Lluïsa Cunillé

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La relación entre ideología y subjetividad en la obra “Après moi, le déluge” de Lluïsa Cunillé

En este texto se va a intentar analizar cómo se manifiesta en la obra de Lluïsa Cunillé, “Après moi, le déluge”, la relación entre ideología y subjetividad; además de la tensión entre sujeción y subversión. Centrándonos en los conceptos de ideología y subjetividad, debemos destacar diversos aspectos de una ideología neoliberal y neocolonial encarnada en el personaje principal del Hombre, un hombre de negocios que se encuentra en Kinshasa por su vinculación con el negocio del coltán en el Congo.…
En este texto se va a intentar analizar cómo se manifiesta en la obra de Lluïsa Cunillé, “Après moi,…

En este texto se va a intentar analizar cómo se manifiesta en la obra de Lluïsa Cunillé, “Après moi, le déluge”, la relación entre ideología y subjetividad; además de la tensión entre sujeción y subversión.

Centrándonos en los conceptos de ideología y subjetividad, debemos destacar diversos aspectos de una ideología neoliberal y neocolonial encarnada en el personaje principal del Hombre, un hombre de negocios que se encuentra en Kinshasa por su vinculación con el negocio del coltán en el Congo. Su subjetividad está basada en la lógica del mercado, de la eficiencia, el beneficio económico del mundo de los negocios, “lo único que nos salva a nosotros, los hombres de negocios, es la eficiencia” (Cunillé, 2007, p. 466). A través de este personaje también podemos identificar la cosificación de personas y lugares, con el uso de estereotipos para representarlos. Un ejemplo claro de ello son los chistes del comienzo de la obra, pero también aspectos de sí mismo “un hombre de negocios, con un hijo de puta de negocios blanco y tiene que ofrecerle algo que de verdad le interese, algo que de verdad necesite” (Cunillé, 2007, p. 482). Este personaje no es libre ni objetivo, está claramente constituido por una ideología que él mismo reconoce, sus conversaciones sobre el alma, la enfermedad y la muerte, e incluso el miedo y el trauma tras sufrir un atraco, están narrados y explicados desde la lógica de los negocios y la ideología neoliberal capitalista.

Este personaje también cosifica países, en este caso específico, el Congo. La obra muestra una marcada ideología neocolonial al establecer al Congo como un espacio de extracción de minerales, de recursos minerales a través de negocios con compañías extranjeras. El Congo aparece en la obra como un territorio explotable en el que todo el ser humano puede ser intercambiable, todo el mundo tiene un precio. La ideología capitalista se manifiesta en la obra con frases como “pida dinero por él desde el principio” (Cunillé, 2007, p. 489), reduciendo a una persona a simplemente una transacción económica.

En segundo lugar, se analizará la tensión en la obra entre la sujeción y subversión. En esta obra aparecen diferentes tipos de sujeción, entre ellos la sujeción racial y de género. El personaje principal, el Hombre, representa al hombre blanco que busca enriquecerse con la explotación de recursos naturales del Congo. Ligado también a una sujeción colonial, contribuye a representar al Congo como un lugar de explotación de recursos, guerra y violencia, “los aviones vienen cargados de armas y se van de coltán” (Cunillé, 2007, p. 488).  El coltán, material que busca para sus negocios, se convierte en el símbolo del neocolonialismo tecnológico. Además, la conversación entre los personajes a través de la obra reproduce algunas de las ideas coloniales como la prosperidad y esperanza de futuro de Europa, frente al caos y la violencia del Congo.

En cuanto a la sujeción por género, destaca el papel de subordinación de la Intérprete, claramente marcado por su género de mujer. La Intérprete muestra una sexualización explícita y una evaluación constante por parte del personaje del Hombre. Este ejerce constantemente micro-gestos de poder dejando claro que ella está a su servicio, peticiones relacionadas con su cuerpo: “¿puede soltarse el pelo?” “¿puede quitarse las gafas de sol?” (Cunillé, 2007, p. 458). Además, el personaje del visitante congoleño expresa su desagrado explícito hacia su papel como intérprete, “hablar por boca de una mujer”. Esto muestra un patriarcado tanto a nivel local como a un nivel más amplio abarcando el mundo colonial y su ideología. Por consiguiente, el rol de género hace que la Intérprete esté sometida a múltiples sistemas de poder: capitalista, colonial y patriarcal. El resultado de ello es la configuración de su papel en la obra como la persona que se encarga de traducir, mediar, y, en definitiva, obedecer.

Con referencia a la subversión en la obra, es el relato del hijo lo que crea esta subversión al final de la historia. Durante toda la obra es el personaje del Hombre quien mantiene el control y dirige las conversaciones, es el que evalúa, rechaza y dirige. Sin embargo, el punto en el que él afirma “sí que le necesito” se produce una inversión simbólica, el hombre de negocios blanco necesita al joven africano, el explotador necesita al explotado. La idea de autosuficiencia capitalista se quiebra al contemplarse la posibilidad de que el sujeto dominante durante toda la obra muestre su dependencia. Obviamente, cuando se presenta el giro final de la obra con la frase: “mi hijo murió hace dieciséis años”, la historia cambia radicalmente. Todo el relato del visitante congoleño ha sido una planificada construcción, un acto en el que se presentan las experiencias de una persona como individuo, no como parte del colectivo o de la sociedad en general. Con este giro en la historia, se fuerza al personaje del Hombre a imaginarse la vida de un individuo que sufre directamente las consecuencias del sistema neocolonial. La recreación inventada de la vida del hijo se podría interpretar como el fantasma del colonialismo, alegando al sentimiento de conciencia y reconocimiento. El resultado es la pérdida momentánea del control por parte del Hombre, quien tiene una necesidad nueva que no va a ser capaz de complacer, “ahora usted también lo echará de menos” (Cunillé, 2007, p. 503). En definitiva, esta subversión en la obra es totalmente simbólica y no material, ya que esta revelación final no busca cambiar el sistema ni la vida del Hombre o la Intérprete, pero sí aparece una quiebra en el sistema de poder establecido al comienzo de la obra. Conlleva una reflexión sobre esas relaciones de poder y sus consecuencias.

En conclusión, Après moi, le déluge, muestra cómo la ideología neoliberal y necolonial no solo está involucrada en aspectos económicos, sino que conlleva la creación de diferentes estructuras de subjetividad, como la de los personajes de la obra, representadas en las relaciones de poder entre ellos. Por último, la tensión entre sujeción y subversión no se resuelve de manera material ni explícita, pero sí de manera simbólica a través de la ficción, implicando conceptos como la conciencia y la culpa.

 

  BIBLIOGRAFÍA

Cunillé, L. (2008). Après moi, le déluge. En Deu peces (pp. 449–507). Edicions 62.

Carbonell, N. (2020). Cultura y subjetividad en el mundo global. Universitat Oberta de Catalunya

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En Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé, la relación entre ideología y subjetividad se construye a través de un diálogo aparentemente banal entre dos personajes —el hombre de negocios y la intérprete— que, sin embargo, revela un entramado de poder, violencia y economía global que configura sus identidades. La obra sitúa la acción en Kinshasa, un espacio marcado por el colonialismo y la explotación de recursos, lo que permite mostrar cómo la ideología dominante —capitalista, colonial y patriarcal— atraviesa…
En Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé, la relación entre ideología y subjetividad se construye a través de…

En Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé, la relación entre ideología y subjetividad se construye a través de un diálogo aparentemente banal entre dos personajes —el hombre de negocios y la intérprete— que, sin embargo, revela un entramado de poder, violencia y economía global que configura sus identidades. La obra sitúa la acción en Kinshasa, un espacio marcado por el colonialismo y la explotación de recursos, lo que permite mostrar cómo la ideología dominante —capitalista, colonial y patriarcal— atraviesa la subjetividad de los personajes.

El hombre encarna una ideología neoliberal y extractivista: su lenguaje, sus preocupaciones y su forma de relacionarse con el entorno están mediadas por la lógica del beneficio. Habla de empresas multinacionales y de la explotación de recursos como el coltan, reduciendo la realidad a una red de transacciones económicas (Cunillé, 2007, p. 466). Esta ideología no solo organiza su visión del mundo, sino también su subjetividad: incluso cuando introduce elementos aparentemente íntimos —como el alma, el miedo o la enfermedad— estos quedan subordinados a una racionalidad instrumental. Su identidad aparece así profundamente configurada por el sistema que representa.

Por su parte, la intérprete ocupa una posición de aparente subordinación, tanto económica como simbólica. Su función consiste en mediar el discurso del otro, lo que la sitúa en una relación de sujeción: traduce, adapta y facilita la comunicación dentro de un marco que no controla. Sin embargo, esta mediación le otorga un poder ambiguo. En diversos momentos se sugiere que su traducción no es completamente neutral, lo que introduce una dimensión de intervención en el discurso. Su subjetividad se configura, por tanto, en una tensión constante entre obediencia y agencia.

Esta ambigüedad resulta clave para entender la tensión entre sujeción y subversión. Ambos personajes están sujetos a estructuras que los exceden: el hombre, a la lógica del capital global; la intérprete, a un contexto de desigualdad y violencia postcolonial. No obstante, la obra muestra que esta sujeción no es total. En el caso del hombre, su enfermedad y su miedo introducen fisuras en su aparente dominio, evidenciando una vulnerabilidad que desestabiliza su posición de poder. En el caso de la intérprete, el humor, la ironía y la gestión de la información funcionan como formas sutiles de resistencia.

La aparición del hijo —ex niño soldado— intensifica esta problemática. Su historia evidencia cómo la ideología de la violencia produce subjetividades marcadas por el trauma y la deshumanización (Cunillé, 2007)  . La propuesta de entregarlo al hombre como aprendiz o servidor revela hasta qué punto las relaciones humanas quedan atravesadas por la lógica del intercambio. Sin embargo, también puede interpretarse como un gesto desesperado de subversión: un intento de escapar de un destino impuesto por la guerra y la pobreza.

En definitiva, la obra muestra que la subjetividad no es autónoma, sino que está profundamente atravesada por estructuras ideológicas que condicionan la percepción, el lenguaje y las relaciones. No obstante, en esa misma construcción emergen grietas —espacios de ambigüedad y contradicción— donde la subversión, aunque limitada, se vuelve posible.

Bibliografía

Cunillé, L. (2007). Après moi, le déluge. Teatre Lliure.

 

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  1. Oscar Gabriel Chocano Almanza says:

    Buenas tardes, María Gaspar Pérez

    Encuentro de una enorme profundidad tu análisis sobre la relación de poder que se da entre los tres personajes de Après moi, le déluge. Una relación de poder que se plasma en la obra de forma asimétrica e indirecta, ya que no se lleva a cabo mediante violencia explícita sino a través de la palabra, la traducción, el dinero, el silencio y la posición colonial y económica de los personajes.

    En la situación dramática planteada por Cunillé ya se establece una jerarquía en la cual el empresario representa el poder económico occidental, el hombre africano la necesidad extrema y la intérprete quien domina el paso de una lengua a otra.

    Tal y como señalas en tu reseña, el domino del hombre de negocios procede de su condición de europeo, de su relación con una empresa dedicada a la explotación de recursos -como el coltán- y de su capacidad de poder marcharse del Congo que únicamente visita por cuestiones laborales. En el caso de la intérprete, su poder deviene del hecho de que es quien controla lo que se transmite. En su acto de traducción, selecciona, media, suaviza o intensifica el mensaje originario del hombre africano. Por último, el padre africano que, en un principio, parece el personaje más débil porque suplica y ofrece a su hijo como si fuese una mercancía para que pueda cumplir su «sueño europeo»; sin embargo, en su revelación final desestabilizará al hombre de negocios, ya que a través de su estrategia ha conseguido que la explotación marcada por un talante abstracto acabe desembocando en un rostro concreto representado por el anuncio de que su hijo, en realidad, se encuentra muerto.

    A la vez la relación de poder se refleja en el espacio escénico. En este caso, la habitación de hotel es un lugar cerrado y transitorio. El hombre de negocios está de paso ya que viaja simplemente para cerrar sus acuerdos económicos basados en la explotación de los recursos del Congo. Frente al espacio cerrado contrasta la tragedia padecida por los aborígenes de la República Democrática del Congo debido a la explotación colonial la cual permanece fuera y casi invisible si no se escarba en las relaciones de poder inherentes a los diálogos. Cunillé hace aparecer el horror sin mostrarlo directamente a través de una conversación austera dominada por silencios y mediaciones.

    La obra plasma las relaciones de poder en cuatro niveles que van desde el económico, el lingüístico, el geopolítico y el patriarcal. En este caso, destaca tu apunte sobre el dominio patriarcal que sufre la intérprete ante las insinuaciones sexuales del hombre de negocios o el hecho de que el hombre africano exponga su malestar debido a que su intérprete sea una mujer.

     

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Ideología y subjetividad dentro de un marco colonialista (Après moi, le déluge)

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Ideología y subjetividad dentro de un marco colonialista (Après moi, le déluge)

La ideología colonialista no solo organiza el mundo exterior sino que también es determinante a la hora de subrayar quién puede hablar, quién puede ser escuchado y bajo qué mediación puede existir un sujeto. Todo se ello, se muestra en la situación planteada por la obra teatral Après moi, le déluge (2008) de Lluïsa Cunillé donde un viejo Hombre africano debe ceder su cuerpo y su voz a la Intérprete europea para poder conversar con el Hombre de negocios, lo…
La ideología colonialista no solo organiza el mundo exterior sino que también es determinante a la hora de subrayar…

La ideología colonialista no solo organiza el mundo exterior sino que también es determinante a la hora de subrayar quién puede hablar, quién puede ser escuchado y bajo qué mediación puede existir un sujeto. Todo se ello, se muestra en la situación planteada por la obra teatral Après moi, le déluge (2008) de Lluïsa Cunillé donde un viejo Hombre africano debe ceder su cuerpo y su voz a la Intérprete europea para poder conversar con el Hombre de negocios, lo que evidencia el silenciamiento histórico padecido por el continente africano por parte del colonialismo blanco procedente de Occidente. Con ello, se pone de manifiesto la idea de Gayatri Spivak que considera que el subalterno no accede fácilmente a una voz propia en el discurso dominante, ya que, a pesar de que el subalterno haga un discurso aparentemente propio; en cambio, dicho parlamento queda traducido, filtrado o anulado por instituciones y marcos de interpretación dominantes. Por eso, el problema entre la relación entre ideología y subjetividad entre el colonizado y el colonizador no solo se reduce al hecho de hablar sino al de ser escuchado y reconocido sin que otro hable en su lugar (Spivak, 2003).

En el texto teatral analizado, la subjetividad de los personajes no aparece como un espacio íntimo y autónomo sino como una realidad atravesada por relaciones históricas de poder. Cunillé muestra cómo ciertas conciencias, voces y modos de percibir están ya moldeados por una estructura ideológica colonial (Said, 2003), lo que supone que el colonialismo no solo domina territorios o cuerpos sino que también impone formas de conocimiento que borran, deforman o vuelven ilegibles otras formas de experiencia. De este modo, el subalterno queda así producido como objeto de saber; no como objeto de enunciación (Spivak, 2003). De este modo, la subjetividad africana aparece expropiada, ya que no se expresa de manera directa sino traducida, desplazada o incorporada por una figura europea que la sustituye sobre el escenario. Por lo tanto, se muestra el hecho de que la ideología colonial produce una subjetividad jerarquizada, poniendo de manifiesto que dicha subjetividad no es solo cultural, sino también política e institucional siendo así una construcción histórica (Said, 2003). En el discurso de Après moi, le déluge sale a la luz el mecanismo a través del cual el europeo, a partir de la Intérprete, ocupa el lugar de la palabra legítima, mientras el africano queda reducido a presencia muda o a una subjetividad subordinada al colonizador occidental. De este modo, la subjetividad occidental se refuerza como instancia legítima de autoridad; en cambio, la subjetividad africana queda atrapada en una representación previa que le niega una agencia plena (Said, 2003). En los inicios de la conversación, la mentalidad del subalterno está dominada por unas aspiraciones que responden más a la mentalidad occidental que a la aborigen, lo que muestra cómo la ideología occidental ha ido moldeando la mentalidad subalterna a través del “sueño europeo” como una posible salida a las penurias y pobreza que padecen las familias autóctonas de los países africanos. En este caso, el Hombre africano expresa su deseo de que su hijo acabe siendo un futbolista profesional en un club europeo.

Al situarse la obra en un hotel de Kinshasa, la subjetividad de los personajes ya no se entiende solo en clave existencial, sino dentro de una red concreta de capitalismo poscolonial, mediación lingüística y violencia simbólica, ya que es la capital de la República Democrática del Congo un espacio ligado a negocios, tránsito y desigual global. Dentro de dicho territorio, Cunillé dramatiza que el sujeto no preexiste a la ideología sino que queda constituido, limitado o incluso borrado por ella, tocando de pleno con ello el pensamiento de Althusser sobre la ideología la cual es considerada la que produce al sujeto a través del mecanismo de la interpelación (Carbonell i Camós, 2026). Hasta la revelación llevada a cabo por el Hombre africano que su hijo en realidad murió de malaria hace 17 años, tanto el Hombre de negocios como el Hombre africano aceptan sus roles respectivos de colonizador y colonizado interpelándose entre sí a través de los marcos que ha encuadrado la mentalidad colonialista.

La ideología aparece no solo en el contenido colonial de la situación sino en la imposibilidad misma de un conocimiento pleno del Otro quien nunca puede ser conocido de manera completa, transparente o directa. El Otro “africano” no aparece como una realidad totalmente accesible, ya que siempre está mediado por la mirada, el lenguaje y las categorías del sujeto que observa. Por tanto, el problema colonial no consiste solo en dominar al Otro, sino también en construirlo desde una perspectiva que pretende comprenderlo; pero que en realidad lo reduce, lo interpreta y lo encierra en sus propios esquemas. La ideología opera no solo en lo que dice del otro, sino en las condiciones mismas desde las que se intenta conocerlo.

A la hora de exponer la relación existente entre ideología y subjetividad sale a la superficie la tensión entre la sujeción y la subversión. La sujeción en dicha obra consiste en que los tres personajes están atrapados en jerarquías de voz, saber y poder cuyas estructuras impiden que la voz del subalterno aparezca como verdaderamente propia y audible (Spivak 2003). El Hombre africano debe ceder su voz y su cuerpo a la Intérprete europea para poder hablar con el Hombre de negocios. De este modo, la dominación colonial se plasma a través de una supremacía de la enunciación que marca quién habla, desde dónde habla y con qué legitimidad a través de roles que se presentan como un fenómeno “natural” cuando es realidad son históricos y construidos mediante la naturalización de lo histórico (Althusser, 1969). Una sujeción que se da también en la subjetividad europea que se encuentra vaciada y desanclada al ser propia de un mundo contemporáneo dominado por la lógica del negocio, la evasión y lo material a la vez que empobrecida a nivel moral y afectivo.

¿Dónde sale a relucir la subversión frente a la sujeción dominante en los tres personajes? En este caso, es en la dramaturgia de Cunillé a través de la cual acaba exponiendo las jerarquías de voz, saber y poder y mediante la cual es capaz de romper la apariencia de normalidad, conduciendo al espectador a llevar a cabo una lectura crítica de lo que parecía un simple diálogo de negocios. El texto subvierte el orden a través del desenmascaramiento formal. No sólo el dominado aparece como sujeto carente de soberanía, sino que también afecta al Hombre de negocios y a la Intérprete que se encuentran atrapados por la lógica ideológica colonialista que encarnan. Al dinamitar los parámetros dramáticos del personaje, la obra rompe la ilusión de materialidad y obliga al espectador a percibir el mecanismo de borrado que sostiene la relación colonial. En este caso, la obra no resuelve la opresión sino que la vuelve insoportable como evidencia. El pasado se convierte así en una dimensión del presente ya que no está cerrado sino que sigue actuando en el presente como memoria, conflicto y marco de interpretación (Said, 1996). Por lo tanto, la revelación final sobre la muerte de su hijo funciona en distintos niveles ya que humaniza al invisible debido a que su anuncio representa la mención de todos los niños africanos muertos por unas condiciones penosas derivadas del colonialismo, por otro lado, desenmascara al empresario que sólo concede valor al hijo del africano cuando imagina lo útil que puede ser para su negocio y, por último, convierte la ausencia en denuncia queriendo salvar el recuerdo de su hijo al conseguir que alguien más lo nombre, lo necesite y lo eche de menos.

Bibliografía:
Althusser, L. [Louis]. (1969). “Prefacio del capital a la filosofía de Marx”. Para leer el capital. Madrid: Siglo XXI Editores, pp. 18-33.
Carbonell i Camós, N. [Neus]. (2026). Módulo 1: Cultura y subjetividad. Barcelona: Materiales FUOC.
Cunillé, LL. [Lluïsa]. (2008). “Après moi, le déluge”. En: Cunillé, Lluïsa. Deu peces. Barcelona: Edicions 62, pp. 449-507.
Foucault, M. [Michel]. (1999). El orden del discurso. Barcelona: Maxi-Tusquets.
Said, E. [Edward]. (2003). “Introducción”. Orientalismo. Barcelona: DeBolsillo, pp. 19-54.
Said, E. [Edward]. (1996). “I. Territorios superpuestos, historias entrecruzadas”. Cultura e imperialismo. Barcelona: Anagrama, pp. 35-73.
Spivak, G.Ch. [Gayatri Chakravoty] (2003). “¿Puede hablar el subalterno?”. Revista Colombiana de Antropología, 39, pp. 297-364.

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Sujetos invisibles: construcción cultural de la subjetividad en Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé

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Sujetos invisibles: construcción cultural de la subjetividad en Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé

Sujetos invisibles: construcción cultural de la subjetividad en Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé La obra de Lluïsa Cunillé opera desde la sustracción: lo que no se muestra, lo que ocurre en los márgenes del lenguaje y el relato. Après moi, le déluge despliega esa lógica con intensidad: en una habitación de hotel de Kinshasa, un hombre de negocios occidental y una intérprete median el encuentro con un anciano congolés cuya realidad está condenada a la invisibilidad por el…
Sujetos invisibles: construcción cultural de la subjetividad en Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé La obra de Lluïsa…

Sujetos invisibles: construcción cultural de la subjetividad en Après moi, le déluge de Lluïsa Cunillé

La obra de Lluïsa Cunillé opera desde la sustracción: lo que no se muestra, lo que ocurre en los márgenes del lenguaje y el relato. Après moi, le déluge despliega esa lógica con intensidad: en una habitación de hotel de Kinshasa, un hombre de negocios occidental y una intérprete median el encuentro con un anciano congolés cuya realidad está condenada a la invisibilidad por el mundo occidental, tanto que su voz solo se oye por la intérprete, alegoría no inocente. Esa invisibilidad no es un efecto escenográfico: es la condición estructural de ciertos sujetos en el orden global. Cuatro tradiciones del pensamiento crítico —Althusser, Arendt, Said y Spivak— permiten articular esa pregunta con precisión.

El aparato ideológico y la interpelación fallida

Althusser sostenía que la ideología opera como un mecanismo de interpelación que constituye a los sujetos en tanto tales: el individuo deviene sujeto cuando una voz —la ley, la escuela, el Estado— lo llama y él responde. En Après moi, le déluge, esta mecánica se exhibe en su reverso. El anciano congolés no accede directamente al diálogo: sus palabras llegan mediadas por la intérprete, filtradas, diferidas. No es interpelado como sujeto pleno sino como alteridad que solicita entrada en un circuito del que ya está excluido. El hombre de negocios europeo, por el contrario, ocupa sin fricción el lugar del sujeto constituido por el capital transnacional: la violencia extractiva se le aparece como operación técnica, no como relación de dominación. La ideología ha cumplido su trabajo cuando ya no es reconocible como tal, al decir de Althusser.

El espacio de aparición y el derecho a tener derechos

Arendt sostiene que la abolición de espacios intermedios entre los hombres, que es el que posibilita la interacción, (y solo ella nos hace humanos y reconocibles como sujetos políticos) es condición para la aparición del totalitarismo, pues “es la soledad la que prepara a los hombres para la dominación totalitaria”, vaticinando además que “la soledad organizada”, es el origen de esta forma de gobierno que “es muy probable que permanezca entre nosotros”, en el agorero (y certero) final de “Los orígenes del totalitarismo”.

Pues bien, lo que Arendt predicaba para las modernas sociedades de masas contemporáneas (occidentales se entiende) puede perfectamente extrapolarse al mundo colonial y postcolonial. La privación más radical es, junto a la pobreza, la expulsión de ese espacio de aparición: quedar fuera del ámbito intermedio donde las palabras tienen efecto. Esta es la condición del colonizado: privado del «derecho a tener derechos», reducido a mera vida biológica para producir. La habitación de hotel de Cunillé es una versión exacta de este no-lugar político. El anciano entra con una demanda articulada —quiere un futuro para su hijo, quiere ser visto—, pero la arquitectura del encuentro ya ha decidido quién puede hablar con eficacia y quién queda subordinado a la gracia del otro. La invisibilidad del anciano no es metáfora poética pues no tiene acceso efectivo al espacio de aparición. La intérprete representa esa zona liminar donde la aparición es siempre parcial, siempre negociada.

El orientalismo del Sur: Congo como texto cultural

Said demostró que las representaciones del «otro» no son reflejos ingenuos sino construcciones discursivas que producen al objeto que dicen describir. El África subsahariana existe para el imaginario occidental como proyección de sus propias necesidades ideológicas: espacio de caos y naturaleza que aguarda ser civilizada y, como no, ordenada y explotada. Cunillé trabaja conscientemente sobre ese archivo. Kinshasa no aparece como ciudad real con historia y agencia propias, sino como escenario de una negociación que los personajes occidentales protagonizan. El problema no es la mala voluntad —el hombre de negocios no es un villano de novela—, sino la consistencia de los marcos cognitivos heredados: para él, el Congo es fundamentalmente un yacimiento de coltán. Said nos habla de una suerte de geografía imaginativa del colonialismo: la producción de espacios que existen para ser usados, no habitados en paridad.

¿Puede hablar el subalterno? La voz diferida

La pregunta que Spivak formuló no pregunta si el subalterno tiene voz —obviamente la tiene— sino si esa voz puede ser escuchada dentro de las estructuras epistémicas del saber colonial. La estructura formal de Après moi, le déluge es la respuesta escénica más precisa a esa pregunta. El anciano habla, pero solo llegamos a su voz a través de la intérprete: su discurso necesita ser traducido y validado para acceder al espacio del hombre occidental. En ese proceso, algo inevitablemente se pierde. Además, se percibe explícitamente la división internacional del trabajo impuesta estructuralmente por el capital extractivo (el coltán) Spivak señalaba además que las mujeres ocupan una posición doblemente marginal. La intérprete encarna esa doble condición: mediadora encerrada, sin historia propia reconocida en la trama. Su negativa a salir del hotel parece, pues no lo dice (las sugerentes omisiones de la obra son su mejor recurso) una respuesta política a un mundo donde parece que su aparición plena resulta imposible.

El diluvio como figura de la subjetividad negada

La nihilista y cínica frase que da título, atribuida a Luis XV, la invocó el propio Marx Après moi, le déluge es la divisa de todo capitalista y de toda nación de capitalistas” y como dicha por Mobutu la cita el personaje del businessman. Cunillé la rescribe desde el lado del expoliado: el diluvio ya está aquí, es la condición permanente de quienes el orden mundial ha condenado a la invisibilidad. La construcción cultural de la subjetividad que la obra pone en escena funciona como exclusión constitutiva: el sujeto burgués europeo se produce precisamente porque hay una exterioridad que lo sostiene y que debe permanecer invisible para que el mecanismo funcione. Althusser diría que esa exclusión está garantizada por el aparato ideológico. Telegráficamente diríamos que este relato para Arendt, sería la negación del espacio político, para Said, el efecto del archivo colonial y en Spivak, es la imposibilidad de escucha que define al subalterno.

Cunillé no propone solución alguna. La obra termina sin desenlace, catarsis ni reconciliación, y esa negativa es en sí misma una posición: la toma de conciencia estética no equivale a la transformación de las estructuras. Lo que el teatro puede hacer —y Après moi, le déluge lo hace— es volver visible la maquinaria de la invisibilización. De ahí la incomodidad que sentimos los espectadores (occidentales) al no poder apartar nuestra mirada de esa tensión.

 

Bibliografia

  • Althusser, Louis Althusser. 2005. “Aparatos ideológicos del Estado.” En La filosofía como arma de la revolución. Madrid: Siglo XXI.

 

  • Arendt, Hannah Arendt. 2006. Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Alianza Editorial.

 

  • Carbonell i Camós, N. 2013. Cultura y subjetividad. Barcelona: UOC.

 

  • Cunillé, Lluïsa Cunillé. 2008. Après moi le déluge.

 

 

  • Spivak, Gayatri Chakravorty Spivak. 2003. “¿Puede hablar el subalterno?” Revista Colombiana de Antropología 39: 297–364.

 

  • Said, Edward W. Said. 2003. “Introducción.” En Orientalismo, 19–54. Barcelona: Debolsillo.

 

  • Said, Edward W. 1996. “Territorios superpuestos, historias entrecruzadas.” En Cultura e imperialismo, 35–73. Barcelona: Anagrama.

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  1. Oscar Gabriel Chocano Almanza says:

    Buenas tardes, Luis Barrionuevo

    Tal y como señalas en tu reseña, el teatro puede volver visible la maquinaria de la invisibilización. En este caso, la autora es capaz de hacer visible la invisibilidad de la población congoleña sin convertirla en mero espectáculo. A pesar de que la República Democrática del Congo, está fuera de escena; sin embargo tiene un marcado peso específico en todo lo que se dialoga y ocurre en escena.

    ¿Cómo muestra dicha invisibilidad?

    Cunillé convierte la invisibilidad social y política de la población congoleña en una invisibilidad escénica. Dicha invisibilidad afecta en un principio tanto al hombre africano cuya voz nos llega a través de la intérprete como al hijo del hombre africano que en la revelación final se nos informará que murió hace años a causa de la malaria.

    La necesidad de la mediación de un intérprete sirve para subrayar la invisibilidad de la población autóctona que no solo está desposeída materialmente sino también privada de voz pública propia. Cunillé transforma el acto de traducir en un recurso dramático que revela una desigualdad profunda. Mientras el hombre de negocios habla y decide; en cambio, la voz del hombre africano solo es escuchada a partir de la traducción de la intérprete.

    Cunillé apuesta por un diálogo contenido y fragmentario que evita en todo momento el discurso explicativo o melodramático. Los personajes hablan de forma contenida con frases breves, silencios significativos y elipsis. Dicha austeridad en el lenguaje obliga al espectador a reconstruir lo que no se dice. La autora apuesta por mostrar la tragedia del Congo a través de lo omitido, lo insinuado y todo lo que queda fuera del lenguaje.

    La acción al situarse en una habitación de hotel provoca una separación con el devenir diario de la vida cotidiana en la capital del Congo. Desde la mentalidad europea, el país congoleño queda reducido a mero decorado, negocio o amenaza exterior sin establecer un contacto directo con los padecimientos coloniales de sus habitantes autóctonos. A pesar de que el Congo aparece como lugar de explotación económica por parte de empresas occidentales; en cambio, su población apenas aparece como una comunidad visible. Mientras que el territorio congoleño interesa por sus riquezas en recursos naturales; sin embargo, sus habitantes permanecen absolutamente olvidados. El dominio por parte de Occidente no siempre se produce a través de la ocupación militar, sino que se puede establecer mediante empresas, contratos y extracción de recursos.

    Entre los recursos escénicos de Cunillé destacan los silencios como pausas vacías que funcionan como signos de impotencia, culpa, incomodidad o negación. El silencio del hombre de negocios revela su distancia moral; en cambio, el silencio que rodea al hijo saca a relucir su falta de agencia y, por último, los silencios de la intérprete reflejan la dificultad de mediar entre dos mundos desiguales. Al mismo tiempo, el silencio permite la pausa necesaria para que el espectador pueda completar todo aquello que no llega a formularse y que apunta a una carga crítica sobre lo escenificado en las tablas.

    La despersonalización del hijo acentúa la denuncia sobre un sistema que lo ha reducido a un cuerpo disponible para el sistema colonialista donde carece de voz y de voto sin posibilidad de llevar a cabo un proyecto vital propio. Imposibilidad que se da tanto al principio cuando el padre pretende que tenga una salida a la pobreza, poniéndolo bajo la tutela del hombre de negocios, como al final cuando se confirma que murió hace años de malaria siguiendo el destino de miles de niños africanos que mueren a causa de las condiciones colonialistas configuradas por Occidente.

    A la hora de encarar la denuncia del marco colonialista que predomina en la situación de numerosos países africanos, Cunillé emplea una dramaturgia de la sustracción ya que no muestra directamente la catástrofe, sino sus efectos en una conversación aparentemente banal.De este modo, se produce una paradoja debido a que la población congoleña se vuelve visible precisamente por su ausencia, su silencio y la necesidad de ser traducida ante quienes en verdad poseen el poder de decidir y dominan el marco de comunicación estableciendo las reglas del juego.

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Reto 2: ¿Cómo se manifiestan en esta obra teatral (Después de mí, el diluvio de Lluïsa Cunillé) la relación entre ideología y subjectividad, y la tensión entre sujeción y subversión? – Ángel Rosauro Moragues

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Reto 2: ¿Cómo se manifiestan en esta obra teatral (Después de mí, el diluvio de Lluïsa Cunillé) la relación entre ideología y subjectividad, y la tensión entre sujeción y subversión? – Ángel Rosauro Moragues

La obra teatral Después de mí, el diluvio de Lluïsa Cunillé plantea, a través de un extenso diálogo entre el personaje del hombre y la intérprete, un complejo entramado donde ideología y subjetividad se construyen de manera inseparable. La acción, situada en un hotel de Kinshasa, se convierte en un espacio simbólico de confrontación entre el discurso del poder económico global y la experiencia corporal, histórica y emocional del sujeto subalterno. En esta confrontación se despliega una tensión constante entre…
La obra teatral Después de mí, el diluvio de Lluïsa Cunillé plantea, a través de un extenso diálogo entre…

La obra teatral Después de mí, el diluvio de Lluïsa Cunillé plantea, a través de un extenso diálogo entre el personaje del hombre y la intérprete, un complejo entramado donde ideología y subjetividad se construyen de manera inseparable. La acción, situada en un hotel de Kinshasa, se convierte en un espacio simbólico de confrontación entre el discurso del poder económico global y la experiencia corporal, histórica y emocional del sujeto subalterno. En esta confrontación se despliega una tensión constante entre sujeción y subversión, que atraviesa tanto a los personajes como al propio lenguaje teatral.

Desde el inicio, el hombre encarna una ideología ligada al capitalismo extractivo y al pragmatismo de los negocios internacionales. Su discurso está atravesado por una racionalidad instrumental que naturaliza la explotación: «Mi compañía está aquí por el coltán» (Cunillé, 2008, p. 481) y, más adelante, completa esta afirmación con una descripción descarnada del sistema global: «Los aviones que vuelan hacia aquí vienen cargados de armas y los que salen, de coltán, oro y diamantes» (Cunillé, 2008, p. 506). Así, la ideología se manifiesta aquí como una forma de conocimiento aparentemente objetiva y técnica, que pretende situarse más allá de la moral. Y, del mismo modo, esta cosmovisión configura su subjetividad: el hombre se piensa a sí mismo como alguien eficiente, inevitable, casi imprescindible.

Sin embargo, esta subjetividad no es plena ni estable. La ideología que lo sostiene exige una sujeción constante al mandato de la eficiencia y del beneficio, incluso contra el propio cuerpo. El hombre confiesa que «lo único que nos salva a nosotros, los hombres de negocios, es la eficiencia» (Cunillé, 2008, p. 497), pero inmediatamente reconoce que esta misma lógica le produce «más angustia y remordimientos» (Cunillé, 2008, p. 497). La ideología opera, así, como una forma de sujeción subjetiva, ya que el sujeto se somete a un sistema que le proporciona identidad, pero a costa de una progresiva deshumanización.

La intérprete, en cambio, aparece inicialmente como un sujeto aparentemente subordinado: mujer, africana, trabajadora precaria cuyo rol es mediar. Ella misma acepta su función profesional como una posición de obediencia: «Le pido que traduzca exactamente todo lo que oiga, sin tratar de suavizar nada» (Cunillé, 2008, p. 467), es decir, sitúa la traducción como un instrumento al servicio del negocio del hombre. Por lo tanto, en este punto, la ideología dominante intenta producir una subjetividad funcional, neutral y dócil.

No obstante, la obra muestra cómo esta sujeción es solo aparente. La intérprete subvierte su papel mediante el control del relato. Ella no solo traduce palabras, sino que construye sentido. De este modo, su subjetividad emerge precisamente en ese espacio de traducción donde se esperaba neutralidad.

Asimismo, la historia del hijo constituye el eje central de esta subversión. A través de un relato progresivamente más violento sobre el niño soldado: «A los ocho años se lo llevaron lejos del pueblo, a la selva» (Cunillé, 2008, p. 482), la intérprete obliga al hombre a confrontar las consecuencias humanas del sistema que sostiene. El hijo se convierte en una figura que condensa todas las violencias invisibilizadas por la ideología del progreso. Aunque el hombre intenta mantener una distancia defensiva, preguntando datos o dudando, el relato lo interpela directamente, afectando a su subjetividad.

La tensión entre sujeción y subversión alcanza su punto máximo con una impactante revelación: «Mi hijo murió hace dieciséis años» (Cunillé, 2008, p. 502). Este giro desmantela la estructura ideológica del diálogo porque el hijo ya no es un individuo concreto, sino una construcción simbólica que encarna a todas las víctimas del sistema. De hecho, la intérprete reconoce su estrategia: «Quería que alguien más que yo echara de menos a mi hijo» (Cunillé, 2008, p. 503). En este gesto, la subversión ya no es solo discursiva, sino ética debido a que obliga al hombre (y al espectador) a asumir una responsabilidad emocional.

Por otro lado, la subjetividad del hombre se resquebraja cuando admite lo siguiente: «Siempre me ha parecido que me faltaba algo» (Cunillé, 2008, p. 494). La ideología ya no logra cerrar el vacío existencial. La intérprete, por el contrario, afirma una subjetividad que, aunque marcada por el dolor y la pérdida, resiste mediante la memoria y la palabra. Así, con sus palabras: «No tengo tiempo ni fuerzas para tener lástima de mí ni de nadie» (Cunillé, 2008, p. 497), esta reafirma una posición que se niega a la victimización pasiva.

En conclusión, Después de mí, el diluvio muestra cómo la ideología no es un sistema abstracto, sino una fuerza que produce individuos, que los paraliza en un estado de sujeción y los divide. Al mismo tiempo, al igual que otras obras de teatro subversivas como Y los peces salieron a combatir contra los hombres de Angélica Liddell (2003), la obra revela las fisuras de los sistemas ideológicos presentados desde un punto de vista subjetivo. Y, aunque toda la obra sea verdaderamente reveladora, a mi juicio, lo más destacado es el hecho de que la intérprete transforme su aparente sujeción en una estrategia de resistencia simbólica, mientras que el hombre encarna el coste subjetivo de una ideología que, al negar la alteridad, termina por vaciar al propio sujeto. De hecho, estas interrelaciones entre cultura, ideología y subjetividad vienen a confirmar que no habría ideología sino “por y para sujetos” y, al mismo tiempo, no habría “práctica sino en y por una ideología” (Althusser, 1981, p. 138), lo que indica que toda acción humana está mediada por marcos ideológicos previamente instituidos.

 

Referencia bibliográfica:

Althusser, L. (1981). La filosofía como arma de la revolución. Siglo XXI.

Cunillé, L. (2008). Deu peces. Edicions 62.

 

Uso de la IA: en este trabajo no se ha utilizado ninguna herramienta de inteligencia artificial. El empleo de un registro académico formal y la corrección expresiva no son privativos de la inteligencia artificial.

 

Debate0en Reto 2: ¿Cómo se manifiestan en esta obra teatral (Después de mí, el diluvio de Lluïsa Cunillé) la relación entre ideología y subjectividad, y la tensión entre sujeción y subversión? – Ángel Rosauro Moragues

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